En la madrugada más fría del peor invierno que ha enfrentado Ucrania desde el inicio del conflicto hace casi cinco años, las sirenas antiaéreas resonaron en Kiev, echando por tierra la esperanza depositada en la tregua energética anunciada por Donald Trump. A las 00:24 horas, los habitantes de la capital ucraniana se vieron despertados por la alarma, y media hora después, las explosiones confirmaban la reanudación de los bombardeos rusos. La tregua prometida había sido interpretada como una simple pausa para la preparación de un ataque mayor. Esta situación se agrava con un vórtice polar que azota el hemisferio norte, exacerbando las crueles condiciones invernales que enfrentan los ciudadanos, quienes ya sufren cortes de agua, luz y calefacción desde hace semanas.
Mientras los ataques repercutían en las infraestructuras energéticas del país, el gobierno ucraniano se encontraba en medio de una serie de esfuerzos diplomáticos cruciales. El presidente Volodímir Zelenski había registrado ataques en zonas del frente y de la frontera, aunque no en lugar alguno se avistaron misiles o drones dirigidos a la infraestructura energética. El ataque reciente coincidió con el viaje de la delegación ucraniana hacia Abu Dabi para retomar las negociaciones trilaterales con Estados Unidos y Rusia, deseosas de hallar una solución al conflicto. Entretanto, Ucrania hace un llamado urgente a sus aliados por más defensas antiaéreas en vísperas de la visita del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en un claro indicativo de la frágil estabilidad que define la situación actual.
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