

La costa bonaerense enfrenta una problemática creciente que combina fenómenos naturales con efectos humanos, dando lugar a un proceso de erosión que amenaza el equilibrio del litoral y sus actividades económicas. En muchas zonas, lo que antes parecía una advertencia de los científicos se ha convertido en una realidad cotidiana: las playas desaparecen, el agua avanza y las carpas de los balnearios se colocan cada vez más cercanas al filo del mar.
Las recientes sudestadas, que no fueron mareas extraordinarias sino pleamares altas combinadas con tormentas recurrentes, agravaron una tendencia que lleva décadas en marcha. Este patrón, cada vez más frecuente, acelera la pérdida de arena y provoca un retroceso de la línea de costa, afectando tanto la infraestructura como el uso recreativo del espacio público. La situación más evidente se observa en localidades como Villa Gesell, Pinamar y la región de la barrera oriental, donde algunos sectores llegan a perder entre uno y dos metros de playa por año, e incluso en algunos episodios, hasta cinco metros en décadas anteriores.
El impacto en el turismo y en las comunidades locales es profundo. Los sectores costeros, que dependen en gran medida del atractivo de sus playas, enfrentan una disminución del espacio para el descanso y el esparcimiento. La pérdida de arena no solo reduce la superficie destinada a actividades recreativas, sino que también pone en peligro la estructura misma de las dunas y los acantilados, que actúan como barreras naturales contra la erosión.
Expertos en ciencias naturales advierten que el fenómeno tiene múltiples causas. Por un lado, el aumento del nivel del mar, resultado del cambio climático, impulsa la erosión de forma natural en todo el mundo. Se estima que hacia fin de siglo, el nivel del mar podría subir hasta 40 centímetros, y en escenarios sin políticas de contención, esa cifra podría alcanzar los 80 centímetros. Por otro lado, la acción humana ha contribuido notablemente a agravar la situación. La construcción de espigones, escolleras y rompeolas, a veces sin una planificación integral, altera la circulación natural de sedimentos, provocando que en unos sectores se acumule arena y en otros se quede escasa. Este fenómeno, denominado transferencia de arena, desplaza el problema de un lugar a otro, generando un efecto en cadena que complica aún más la recuperación natural de las playas.
Además, las intervenciones humanas en la dinámica de las playas, como la extracción o retención de sedimentos en zonas no autorizadas, han debilitado la capacidad de las playas para regenerarse después de temporales. La construcción de obras costeras sin una planificación regional, muchas veces motivada por intereses económicos, termina favoreciendo el deterioro general, ya que en algunos casos favorece la acumulación de arena en un punto, pero provoca una rápida desaparición en otro.
Estudios recientes indican que toda la franja costera entre Mar del Plata y Pehuencó retrocede en promedio medio metro por año. En zonas del norte, como Villa Gesell y Pinamar, la pérdida de playa alcanza entre uno y dos metros anuales, con registros históricos de hasta cinco metros por año en determinados sectores. La destrucción de la arena, sumada a la reducción en la aportación de sedimentos por los ríos, y a prácticas que aún persisten en algunas áreas, disminuye la capacidad de las playas para mantenerse a partir de sus propios procesos naturales.
El desbalance en el sistema dinámico de la Costa Atlántica también se explica por la interrupción de la Corriente de Deriva Litoral, que transporta sedimentos de sur a norte y ayuda a sostener la playa. Cuando ese flujo se ve afectado, sea por cambios climáticos o por intervenciones humanas, las playas dejan de reponerse y se vuelven vulnerables.
Un ejemplo claro es el caso del sur de Mar del Plata, donde obras costeras como rompeolas desvinculados de la costa han alterado los flujos naturales, formando tómbolos que actúan como trampas de arena y empobrecen las playas colindantes. Mientras tanto, estudios del CONICET revelan que en toda la costa entre esa ciudad y Pehuencó, la erosión avanza en promedio medio metro anual, poniendo en duda la sostenibilidad de muchas infrastructures y viviendas en zonas que ya han visto reducir sus espacios de playa en años recientes.
La presión del cambio climático amplifica el problema. La subida del nivel del mar, junto con la contaminación y la ocupación excesiva en zonas de balnearios, conforman un escenario en el que el tiempo parece jugar en contra del equilibrio natural. La combinación de estos factores lleva a que en algunos sectores las playas lleguen a desaparecer o a quedar inhabitables, reduciendo por tanto su valor ecológico, turístico y económico.
Para los expertos, la clave está en una gestión ambiental coherente y una política pública integral que tenga en cuenta la dinámica de las playas, en lugar de intervenciones aisladas o de respuestas inmediatas que sólo postergan la solución. La regeneración artificial de arena, por ejemplo, debe ir acompañada de medidas que regulen las construcciones, protejan las dunas y financien investigaciones para comprender mejor los efectos del cambio climático en la región.
Mientras tanto, la esperanza de revertir o, al menos, neutralizar parcialmente estos procesos, requiere un compromiso sostenido y serio de parte de las autoridades y de la sociedad. La costa bonaerense, su patrimonio natural y su economía, no sólo enfrentan un desafío de escala global, sino también la urgencia de adoptar acciones concretas en el presente para preservar su futuro.
