

El verano es una estación que invita a disfrutar de largos días al sol, pero también trae consigo riesgos que no deben subestimarse. La exposición solar en estas fechas se intensifica y se vuelve cotidiana en espacios como playas, piletas, parques, calles y plazas, donde las personas pasan varias horas al aire libre. Sin embargo, esa alegría del ingreso al sol puede transformarse rápidamente en un problema si no se toman las precauciones necesarias.
Uno de los puntos clave para cuidar la salud durante esta temporada está en conocer los horarios más peligrosos para la exposición. Los expertos coinciden en que entre las 10 y las 16 horas, la radiación ultravioleta (UV) alcanza su pico máximo, haciendo que la piel reciba una dosis más intensa en un período mucho más corto. En ese intervalo, la probabilidad de quemaduras, daños profundos y envejecimiento prematuro aumenta considerablemente. Una regla simple pero efectiva para identificar el momento crítico: cuando la sombra del cuerpo resulta más corta que la propia altura, el índice UV está en su nivel más alto y la protección se vuelve imprescindible.
La sombra, sin embargo, no es una protección absoluta. Superficies como arena, agua y pavimento reflejan los rayos solares, multiplicando la intensidad de la radiación y poniendo en riesgo incluso a quienes permanecen en la sombra o utilizan sombrillas. En estos espacios, aplicar protección solar, vestir ropa adecuada y buscar refugio cuando el sol se encuentra en su punto más fuerte son medidas que marcan la diferencia.
El uso del protector solar es un elemento central en la rutina de cuidado. La recomendación general apunta a utilizar productos con un factor de protección solar (FPS) de al menos 30, aunque preferiblemente 50, que sean de amplio espectro para bloquear los rayos UVA y UVB. La correcta aplicación, que incluye extenderlo unos 15 a 30 minutos antes de la exposición y reaplicar cada dos horas, incluso después del baño o la transpiración, es fundamental para asegurar una protección efectiva. Además, los labios y la zona del rostro presentan necesidades específicas, por lo que se aconseja usar bálsamos y productos específicos con FPS.
Pero el cuidado no termina en la protección solar. La vestimenta también cumple un papel importante: prendas holgadas y de colores claros, sombreros de ala ancha y anteojos de sol de calidad ayudan a reducir la superficie expuesta y la intensidad de la radiación que llega a la piel y a los ojos. En ambientes como playas o piscinas, el reflejo del agua y la arena puede multiplicar los efectos nocivos del sol, por lo que la vigilancia continúa y la protección debe reforzarse.
No hay que olvidar la importancia de la hidratación, especialmente en días de calor extremo. Beber agua con frecuencia, incluso sin tener sed, ayuda a mantener el organismo en equilibrio y previene golpes de calor. En los niños, la lactancia materna y el consumo de frutas y verduras ricas en líquidos son aliados esenciales. Los signos de alarma ante un golpe de calor incluyen fiebre elevada, piel roja y caliente, mareos y vómitos; ante la presencia de estos síntomas, la atención médica es urgente.
Los grupos más vulnerables, como los bebés, los niños pequeños, las mujeres embarazadas, las personas mayores y quienes padecen enfermedades crónicas, deben extremar las precauciones. La infancia es una etapa en la que la protección solar tiene un impacto duradero: cerca del 80% de la radiación que recibe una persona en toda su vida se acumula en los primeros 18 años. Por ello, establecer hábitos sólidos de cuidado desde temprana edad es invertir en una salud futura.
Finalmente, el ambiente también influye en los riesgos. Cosas tan sencillas como la elección del horario, la ropa adecuada y los accesorios correctos son la primera línea de defensa contra los efectos nocivos del sol. La conciencia de los horarios seguros —que comprenden las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde—, junto con la protección constante, ayuda a disfrutar del verano sin poner en riesgo la salud. Esa sonrisa que buscamos en vacaciones se preserva mejor cuando se acompaña de medidas simples pero efectivas para no dejar que el sol cause daño a largo plazo.
