

América Latina vive una oleada de inversiones en centros de datos sin precedente reciente. Google destinará 850 millones de dólares a un nuevo centro en Uruguay, Amazon ha comprometido 5.000 millones para crear una región cloud en México y Microsoft proyecta 2.700 millones en infraestructura cloud e inteligencia artificial en Brasil. La pregunta que pocos se hacen en los comunicados corporativos es si todo ese dinero se traduce en desarrollo real para la región o solo en infraestructura al servicio de quienes ya controlan el mercado digital global.
Construir un centro de datos mejora la conectividad local y reduce la latencia. Hasta ahí, bien. Pero el impacto económico real depende de factores que rara vez aparecen en los comunicados de prensa: quién opera la instalación, qué tipo de datos aloja, cuánta energía consume, cuánto talento local contrata y qué compromisos adquiere con el país anfitrión. Sin esas condiciones, un país puede acabar cediendo tierra y energía mientras la mayor parte del valor generado sale hacia la sede central de la compañía.
Brasil cuenta con 206 centros de datos, lejos por delante de Chile y México, que tienen 64 cada uno. En términos regionales, no está mal. Pero la comparación con mercados maduros da vértigo: el corredor norte de Virginia alberga cerca de 4.900 megavatios de capacidad instalada, más del triple de todo lo que existe en América Latina.
Las proyecciones para la próxima década son ambiciosas. La inversión anual en centros de datos en LATAM podría pasar de 5.000 millones de dólares en 2023 a cerca de 10.000 millones en 2029, y la capacidad total podría duplicarse antes de 2035. Si eso ocurre, el peso de la región en el mapa digital global dejaría de ser anecdótico.
No todos los centros de datos generan el mismo tipo de impacto. Los hiperscalares, los que operan Amazon, Google o Microsoft, pueden integrarse más con el sector empresarial y educativo local si los gobiernos negocian bien las condiciones de entrada. Los centros de colocation, útiles como infraestructura compartida, tienen un alcance más limitado cuando sus clientes principales operan desde fuera de la región.
La distinción importa porque define quién captura el valor. Un hiperscalar que forme ingenieros locales, trabaje con proveedores regionales y facilite acceso a servicios cloud a instituciones públicas deja huella. Uno que simplemente instale servidores y pague facturas de electricidad, no tanto. Europa ha planteado modelos alternativos para reducir la dependencia tecnológica exterior: la iniciativa Wero de pagos directos entre europeos ilustra esa tensión entre apalancarse en plataformas externas o construir capacidad propia.
México sirve de advertencia sobre lo que puede salir mal. La capacidad instalada de centros de datos se duplicó en un año, pero la planificación energética no siguió el mismo ritmo. Los déficits en la red eléctrica están desviando proyectos hacia Brasil y Chile, que ofrecen mejor disponibilidad de energía renovable y redes más estables. Brasil genera cerca del 90% de su electricidad con fuentes limpias, lo que le da una ventaja real en un sector que consume cantidades ingentes de energía.
Brasil, México y Chile tienen tamaño suficiente para negociar con los grandes operadores desde una posición menos desfavorable: compromisos de contratación local, acceso a servicios cloud para instituciones educativas y públicas, o transferencia de conocimiento. Para economías más pequeñas, el modelo podría pasar por alianzas de soberanía digital compartida, al estilo Estonia, donde varios países comparten instalaciones bajo marcos de gobernanza acordados.
Las grandes inversiones de Amazon o Microsoft son también una palanca: si los países la usan bien, pueden acelerar la formación de talento local. La experiencia de otros mercados muestra que los flujos de inversión corporativa a gran escala generan impacto local solo cuando las condiciones se negocian de antemano. Sin esa negociación, la región arriesga quedar reducida a proveedora de tierra y energía en la economía digital global.
Fuente: Revista Cloud (nota original)
Google destina 850 millones de dólares a Uruguay, Amazon 5.000 millones a México para una nueva región cloud y Microsoft 2.700 millones a Brasil en infraestructura cloud e inteligencia artificial.
Los hiperscalares son de los propios gigantes tecnológicos y pueden integrarse más con la economía local. Los centros de colocation alquilan espacio a terceros y tienen un impacto económico más limitado cuando sus clientes operan desde fuera de la región.
Los déficits en planificación energética y la red eléctrica están desviando proyectos hacia Brasil y Chile, que ofrecen mejor capacidad renovable y redes más estables.
Negociando con los operadores antes de firmar: compromisos de empleo local, acceso a servicios cloud para instituciones públicas y programas de formación de talento. Para países pequeños, las alianzas de soberanía digital compartida son una opción viable.
Brasil cuenta con 206 centros de datos, muy por delante de Chile y México, que tienen 64 cada uno. Aun así, toda América Latina no llega a un tercio de la capacidad instalada del corredor norte de Virginia.
