

Durante los últimos dos años, el mundo empresarial ha vivido un cambio de narrativa respecto a la Inteligencia Artificial (IA). Lo que comenzó como una simple exploración, ahora se ha convertido en el centro de la estrategia para muchas compañías. Sin embargo, cuando se trata de resultados concretos, la algarabía de las promesas de eficiencia y productividad no parece reflejarse en la realidad. Un reciente estudio del National Bureau of Economic Research (NBER) revela un panorama en el que las percepciones superan, por mucho, a los resultados tangibles.
La encuesta, que recogió las opiniones de cerca de 6.000 ejecutivos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Australia, evidencia que aunque alrededor del 70% de las empresas se proclaman usuarias activas de la IA, más del 80% no ha registrado ningún impacto significativo en la productividad o el empleo en los últimos años. Este desajuste entre las expectativas y los resultados reales suscita un análisis sobre el uso efectivo de la IA en el ámbito corporativo.
Un elemento sorprendente que emerge del estudio es el nivel reducido de uso de la IA entre los altos ejecutivos. Aunque la mayoría de ellos aseguran utilizar esta tecnología regularmente, el promedio de uso declarado es de apenas 1,5 horas semanales, y una cuarta parte de ellos afirma no emplearla en absoluto. Esta falta de integración profunda sugiere que la IA a menudo se limita a tareas superficiales, sin involucrarse en el núcleo de los procesos empresariales.
Históricamente, la introducción de nuevas tecnologías ha tardado en traducirse en mejoras de productividad, un fenómeno que podría estar repitiéndose con la IA. La analogía del «paradigma del microordenador» es ilustrativa: a pesar de su potencial inicial, solo generó impactos cuando las organizaciones reorganizaron sus procedimientos para aprovechar al máximo los recursos tecnológicos. La clave radica en no tratar la IA como una simple adición, sino en rediseñar el sistema operativo que mueve a una empresa.
Las razones detrás del limitado impacto de la IA incluyen la necesidad de establecer casos de uso con responsables claros, garantizar la integración con los sistemas existentes, disponer de datos accesibles y proporcionar formación adecuada a los empleados. De no cumplirse estas condiciones, la IA se convierte en un mero aditamento, sin alterar la estructura productiva de la organización.
A pesar de los desafíos, el optimismo no ha desaparecido del todo. Las empresas prevén que, en los próximos tres años, la IA podría aumentar la productividad en un 1,4%, mejorar el output en un 0,8% y reducir el empleo en un 0,7%. Sin embargo, surge un contraste entre las expectativas de los empleados, quienes anticipan un incremento del empleo del 0,5%, y las de los ejecutivos, que esperan recortes netos.
Para evitar que la implementación de la IA se quede en un ejercicio superficial, las organizaciones deben asumir un enfoque estratégico. Esto implica elegir flujos de trabajo específicos, eliminar cuellos de botella, medir efectivamente los resultados y promover un cambio organizativo profundo. Solo entonces, la promesa de la IA podrá reflejarse en mejoras sustanciales de productividad.
En conclusión, la IA ha llegado al entorno empresarial, pero su impacto en la productividad aún es incipiente. Las empresas tendrán que superar el tratamiento superficial de esta tecnología y buscar una integración y rediseño más profundos para que los beneficios esperados se materialicen. La evolución operativa está en curso.
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