
Durante años, el Nutri-Score se ha colado en las estanterías como una guía rápida para decidir qué meter en el carrito. Una letra grande, un color llamativo y un mensaje sencillo: cuanto más verde, mejor; cuanto más rojo, peor. La idea parecía imbatible en una época de prisas, ultraprocesados y decisiones impulsivas.
Sin embargo, el sistema empieza a chocar con una realidad menos brillante: la ciencia y la experiencia en supermercado sugieren que su impacto real en la cesta de la compra es limitado. No porque el etiquetado sea inútil, sino porque comer bien es más complejo que una letra. Y porque, en algunos casos, esa simplificación puede llevar a confusiones.
El Nutri-Score nació para traducir la información nutricional (esa tabla que muchos ni miran) a un “semáforo” comprensible de un vistazo. El algoritmo asigna puntos a componentes considerados desfavorables (como azúcares, grasas saturadas o sal) y los compensa con otros más favorables (como fibra o porcentaje de frutas, verduras y legumbres en algunos productos). El resultado final se convierte en una A, B, C, D o E.
El objetivo era doble: ayudar al consumidor y presionar a las marcas para reformular productos. Y, en parte, ese segundo objetivo sí ha funcionado: algunas empresas ajustan ingredientes para subir de letra. El problema es que reformular para “subir nota” no siempre equivale a mejorar la calidad global del alimento.
Uno de los puntos que más se repite en revisiones recientes es la distancia entre el laboratorio y la vida real. En entornos controlados es más fácil demostrar que un sistema de colores ayuda a elegir “mejor” entre dos productos. En el supermercado, en cambio, entran en juego el precio, la marca de confianza, la costumbre, las ofertas, el hambre, el tiempo… y la letra pasa a ser solo un factor más.
El dato que resume esta idea se ha convertido en munición para los críticos: la mejora media en la calidad nutricional de la compra asociada al Nutri-Score se mueve en torno al 2,5%. Es un cambio, sí, pero muy lejos de la revolución que se esperaba cuando se presentó como una herramienta clave contra la obesidad y las enfermedades asociadas a la dieta.
En otras palabras: el Nutri-Score puede empujar, pero no arrastra. No sustituye educación alimentaria, políticas de prevención ni un entorno que facilite comer mejor.
El principal reproche científico es que el Nutri-Score mide “trozos” de nutrición y deja fuera otros elementos relevantes. En especial, se critica que no incorpora de forma clara micronutrientes (vitaminas y minerales) ni compuestos bioactivos que pueden tener interés en salud pública. Tampoco captura bien el grado de procesamiento, un asunto cada vez más presente en las recomendaciones dietéticas.
Así aparecen situaciones incómodas para el consumidor: un producto ultraprocesado puede conseguir una letra alta ajustando azúcar o añadiendo fibra, mientras otro con un perfil bioactivo más interesante sale penalizado porque el algoritmo le “castiga” por su grasa o su densidad calórica.
Pocas imágenes han hecho tanto daño a la reputación del sistema como la del aceite de oliva con mala nota. Para mucha gente, es la prueba de que algo falla: ¿cómo puede recibir peor letra un alimento asociado a la dieta mediterránea que otros productos que nadie consideraría “saludables”?
El fondo del asunto está en cómo el algoritmo trata las grasas en general y en que el cálculo suele hacerse por 100 g, aunque el consumo real del aceite sea en cantidades mucho menores. Con el tiempo se han propuesto ajustes para corregir estas paradojas y afinar categorías, pero la huella del debate permanece: si el consumidor ve una letra baja en un alimento culturalmente recomendado, el sistema pierde credibilidad.
Otro efecto real del Nutri-Score ocurre lejos del carrito: en los departamentos de I+D de las marcas. Si una letra influye en ventas, hay incentivos claros para “optimizar” el producto: reducir sal, bajar azúcar, cambiar grasas, añadir fibra.
A veces, ese movimiento mejora de verdad el perfil nutricional. Otras veces, genera un maquillaje: el producto sube de letra, pero sigue siendo un ultraprocesado con una lista larga de ingredientes y un consumo que debería ser ocasional. El riesgo es el “efecto halo”: creer que una A significa “come esto sin pensar”, cuando lo prudente sería leer más allá del semáforo.
No necesariamente. La discusión más razonable no es “Nutri-Score sí o no”, sino “Nutri-Score para qué”.
En un medio generalista, la conclusión práctica suele ser esta: el Nutri-Score sirve como comparación rápida dentro de una misma familia de productos (dos yogures, dos cereales, dos salsas). Pero falla si se usa como juez absoluto de la dieta o si se interpreta como certificado de salud.
La nutrición real es contexto: frecuencia, porciones, patrón dietético completo, estilo de vida. Una letra puede orientar, pero no puede sustituir el criterio.
¿Qué significa exactamente la letra del Nutri-Score?
Es una puntuación calculada a partir de componentes nutricionales por 100 g o 100 ml. Resume la “calidad nutricional” estimada según el algoritmo, pero no evalúa todo lo que importa en salud.
¿Por qué a veces un ultraprocesado puede tener buena nota?
Porque puede ajustar variables que el sistema premia (por ejemplo, menos azúcar o más fibra) sin que eso convierta el producto en una opción recomendable a diario.
¿El Nutri-Score cambia realmente lo que compra la gente?
La evidencia sugiere que el cambio en la compra real existe, pero es modesto: alrededor de un 2,5% de mejora media en la calidad nutricional de la cesta.
¿En qué casos sí es útil para el consumidor?
Sobre todo para comparar productos similares dentro de la misma categoría y elegir la opción “menos mala” o “mejor” cuando ya se ha decidido comprar ese tipo de alimento.
Fuente: La verdad del Nutriscore.
