

Un equipo de la Universidad de Estocolmo ha analizado más de 580 especies de rayas y skates, el 90% de las conocidas, para entender por qué algunas lucen manchas con forma de ojo en el dorso. El estudio, publicado en Nature Ecology & Evolution, concluye que esas marcas son una estrategia de defensa visual que aparece sobre todo en especies pequeñas, vulnerables y que viven en aguas poco profundas, donde la luz del sol todavía llega.
Las rayas y los skates se mueven por fondos arenosos en busca de presas pequeñas y, al mismo tiempo, tienen que esquivar a tiburones, mamíferos marinos y peces grandes. Algunas se defienden con descargas eléctricas, otras con púas venenosas en la cola, y un buen número confía en el camuflaje para pasar desapercibidas en el lecho marino. La pregunta que llevaba años abierta es qué papel juegan esas manchas oculares que rompen el camuflaje y, en apariencia, hacen al pez más visible.
El análisis muestra un patrón claro. Las manchas aparecen casi solo en especies de tamaño pequeño que carecen de defensas físicas potentes y que viven a menos de 200 metros de profundidad, allí donde el sol penetra lo suficiente como para que un dibujo en la piel sea perceptible. Son frecuentes en el orden de los skates, que dependen de estas marcas como su principal escudo cuando no cuentan ni con espinas venenosas ni con órganos eléctricos.
La ubicación tampoco es casual. Las marcas se sitúan en pares simétricos sobre las aletas pectorales, en el centro del cuerpo, justo donde un depredador clavaría la mirada al acercarse. Para los autores, esa colocación apunta a un papel doble: desorientar al atacante y darle a entender que la presa ya lo ha detectado, lo que en la práctica desincentiva el ataque y le da al pez margen para huir.
El trabajo aporta otra clave: los ojos falsos no surgen de cero. Primero aparecen marcas simples, manchas tenues que con el tiempo algunas especies refinan hasta convertirlas en círculos concéntricos de colores contrastados, muy parecidos a un ojo real. Ese paso gradual resulta mucho más probable en términos evolutivos que el salto directo a un dibujo elaborado, una pauta que se repite en otros animales con señales visuales complejas.
El estudio se inscribe en una línea de investigación que cruza biología comparada y ecología evolutiva, una mirada que ya ha dado resultados en otros ámbitos. Una investigación internacional demostró hace poco que humanos y animales comparten preferencias por ciertas señales sonoras, otra prueba de que distintas especies acaban convergiendo en soluciones parecidas ante problemas parecidos.
Hasta ahora una hipótesis muy extendida sostenía que las manchas oculares servían para desviar el ataque hacia zonas no vitales, como hacen algunas mariposas con sus alas. El equipo sueco descarta en buena medida esa lectura para las rayas. La simetría perfecta y la ubicación central encajan mejor con una señal de advertencia: avisan al depredador de que esa presa puede no ser un objetivo fácil, ya sea porque parece más grande de lo que es, porque imita el ojo de un animal mayor o porque sugiere que la presa ya está alerta.
Esa función de advertencia tiene un límite muy concreto. Los autores observan que las marcas desaparecen en especies de aguas profundas, donde la oscuridad es total y la señal visual no aporta nada. En esos entornos, las rayas se apoyan en otros recursos, como el camuflaje o la simple ausencia de marcas que pudieran delatarlas. La presión del entorno define qué estrategia compensa.
El hallazgo refuerza una idea que la biología evolutiva lleva tiempo manejando: en la carrera entre depredador y presa no hay una solución única, sino combinaciones que dependen del entorno, del tamaño y de las defensas disponibles. Las marcas oculares no aparecen solas, conviven con espinas, descargas o camuflaje, y se refuerzan o desaparecen según el ecosistema imponga unas reglas u otras.
Este tipo de mecanismos comparten lógica con otras presiones evolutivas estudiadas en mamíferos. Un trabajo reciente sobre los límites de la clonación en mamíferos mostró que la naturaleza impone barreras claras a la replicación indefinida, una pista más de que las soluciones biológicas siempre cargan con un coste que el ecosistema termina de ajustar.
Los autores plantean ahora una hipótesis abierta para el siguiente trabajo: comprobar si las distintas estrategias de defensa, química, eléctrica, física o visual, tienden a excluirse entre sí o si pueden coexistir en una misma especie. La respuesta podría afinar lo que se sabe sobre la diversidad de defensas en peces cartilaginosos y, por extensión, en otros grupos animales con presiones parecidas. Esta línea de investigación marina tiene una larga tradición en la ciencia española, con figuras como la oceanógrafa Josefina Castellví, que dirigió la primera base española en la Antártida.
Los skates forman un orden propio dentro de los peces cartilaginosos. Comparten con las rayas el cuerpo aplanado y la vida en fondos marinos, pero se diferencian en aspectos como la forma de la cola, la falta de púas venenosas en la mayoría de especies y la reproducción ovípara, mediante cápsulas. Suelen ser más vulnerables que las rayas con espina, lo que ayuda a explicar por qué dependen tanto de las marcas visuales.
El equipo analizó 580 especies de rayas y skates, alrededor del 90% de las descritas hasta la fecha, lo que convierte el estudio en una de las revisiones más amplias hechas sobre defensas visuales en este grupo.
El trabajo apunta a que en rayas y skates la función dominante no es desviar la mordida, sino lanzar una señal de advertencia al depredador. La simetría y la ubicación central de las marcas encajan mejor con un aviso disuasorio que con la idea de un blanco falso.
A partir de cierta profundidad, la luz solar no llega y cualquier dibujo en la piel se vuelve inútil como señal. En esos entornos, las especies se apoyan en otras defensas, como el camuflaje, y las marcas oculares tienden a perderse a lo largo de generaciones, una muestra de cómo el entorno marca qué adaptaciones se mantienen.
Los autores creen que sí. La aparición gradual de marcas y su pérdida en función del entorno son patrones que se observan en mariposas, peces de arrecife y aves, lo que sugiere principios comunes en la evolución de las señales visuales. Confirmarlo en otros grupos requerirá más estudios comparados.
