

Un reciente estudio internacional ha confirmado una antigua hipótesis que parecía estar en el ámbito de las conjeturas: humanos y animales comparten preferencias por ciertos sonidos, una afinidad que no solo tiene raíces en la biología, sino que parece estar presente en la percepción sensorial compartida por distintas especies. La investigación, publicada en la revista Science y liderada por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), revela que estas preferencias por estímulos sonoros podrían reflejar mecanismos evolutivos profundos y universales.
El trabajo se basa en una serie de experimentos en los que participaron más de 4.000 voluntarios de diferentes regiones del mundo, quienes participaron en una prueba digital que implicaba escuchar pares de sonidos provenientes de 16 especies distintas. Los sonidos seleccionados respondían a preferencias conocidas en animales, como trinos, chasquidos, golpes suaves y otros adornos acústicos. La innovación residía en que los participantes humanos elegían qué sonidos les resultaban más agradables, permitiendo comparar las elecciones humanas con las preferencias ya documentadas en distintas criaturas.
Los resultados sorprendieron por su contundencia: tanto los humanos como los animales muestran una tendencia a sentirse atraídos por sonidos de baja frecuencia y con adornos que generan sensación de naturalidad, como trinos o pequeños golpes. Cuando una especie demostrabapreferir un sonido en particular, los voluntarios humanos solían escoger la misma opción, insinuando una sensibilidad compartida que trasciende las barreras de especie. Además, los sonidos asociados a la tranquilidad y la belleza natural, como el canto de los pájaros o el murmullo de un río, fueron universalmente considerados agradables y asociados a sensaciones de bienestar y calma.
Por el contrario, los estímulos tecnológicos y las señales de alarma, como sirenas o sonidos mecánicos duros, recibieron puntuaciones menores y generaron sentimientos de molestia y estrés en los participantes. Este patrón apoya la idea de que estas preferencias sensoriales no son solo producto de la cultura o la experiencia individual, sino que tienen una base biológica, resultado de mecanismos perceptivos compartidos que habrían evolucionado para favorecer la interacción con el entorno natural.
El experimento aportó además evidencias de una “universalidad” en la atracción por ciertos aspectos acústicos, reforzando la hipótesis de Darwin sobre la existencia de una “belleza sensorial” compartida en la naturaleza. La tendencia a sentirse atraídos por frecuencias bajas y ciertos patrones de adornos sonoros parece ser inherente a la manera en que sistemas perceptivos de diferentes especies interpretan el mundo. Esto, según los científicos, no solo revela aspectos evolutivos, sino también el potencial de la ciencia ciudadana para explorar fenómenos complejos a gran escala.
Desde el punto de vista interpretativo, este hallazgo refuerza la idea de que la percepción de la belleza en la naturaleza tiene raíces en nuestro pasado evolutivo, y que muchas señales acústicas, más allá de su función práctica, han sido moldeadas por una selección natural que favorece la atracción mutua entre especies y el reconocimiento de patrones naturales. Aunque las preferencias pueden variar con la experiencia y el contexto cultural, la tendencia básica parece estar profundamente inscrita en nuestro código biológico.
Este tipo de investigaciones contribuye a comprender mejor no solo la percepción sensorial, sino también cómo los seres vivos interactúan con su entorno a través de mecanismos sensoriales compartidos, destacando una visión más integrada y armoniosa de la convivencia ecológica y evolutiva. La ciencia sigue descubriendo que la belleza y la sensibilidad en el reino animal no son exclusivamente humanas, sino que forman parte de un patrimonio sensorial que conecta a todas las formas de vida.
