

Durante años, la narrativa dominante sobre la inteligencia artificial ha sido épica y sencilla: modelos cada vez más grandes, más parámetros, más GPUs y más centros de datos. El famoso “cerebro de 1.000 vatios” —la IA gigantesca en la nube— se convirtió en el símbolo de una era en la que OpenAI, Google, Microsoft o Meta competían por ver quién entrenaba el monstruo más grande.
Pero esa etapa está entrando en crisis. No solo por límites técnicos, sino por algo mucho más incómodo: costes desbocados, conflictos legales y una concentración de poder que empieza a parecerse demasiado a un riesgo sistémico.
Y mientras el foco mediático sigue obsesionado con el “siguiente modelo más grande”, la auténtica batalla se desplaza a otro terreno: el del “cerebro de 20 vatios”, una IA que vive en el dispositivo, consume poca energía y promete devolver algo de control al usuario… aunque no necesariamente sin trampas.
El modelo de fuerza bruta en la nube se enfrenta a dos muros claros:
Los grandes modelos actuales exigen cantidades brutales de energía eléctrica y de hardware especializado. Mantenerlos en funcionamiento 24/7, responder a millones de usuarios y sostener la carrera por entrenar modelos aún mayores implica:
No es casual que directivos de compañías como OpenAI hayan reconocido públicamente que el modelo actual es extremadamente costoso y difícil de sostener a largo plazo. El “más grande es mejor” empieza a ofrecer rendimientos decrecientes a un precio que ya no se puede justificar alegremente.
El otro límite es jurídico y cultural. Durante años, los modelos se entrenaron rascando Internet sin pedir permiso a casi nadie. Hoy, medios, editoriales, discográficas y creadores independientes se organizan, demandan y ganan acuerdos millonarios.
La consecuencia es simple: los datos realmente valiosos ya no son gratis. Cada nuevo modelo implica negociar licencias, pagar por corpus privados o asumir un riesgo legal creciente. El buffet libre de contenido se ha acabado.
Juntos, estos dos muros convierten el sueño del “cerebro infinito en la nube” en un negocio cada vez más frágil. Y el mercado, que antes premiaba solo la expansión, comienza a mirar con inquietud la factura, la energía y la deuda necesaria para sostenerla.
En este nuevo contexto emergen tres figuras con estrategias muy diferentes:
Zuckerberg entendió rápido el problema del copyright: si los datos de Internet dejan de ser gratis, hay que generar datos propios. Las gafas Ray-Ban con cámara y los dispositivos Quest no son solo gadgets; son máquinas de captura del mundo real.
Cada vídeo, cada conversación, cada gesto del usuario se convierte en combustible para futuros modelos de visión y contexto, esta vez con derechos de explotación claramente del lado de Meta.
Pero Meta se estrella contra otra pared: el hardware ineficiente. Sus dispositivos son voluminosos, se calientan, la batería dura poco y la experiencia sigue lejos de poder acompañar al usuario todo el día. La visión es ambiciosa, pero el “cerebro de 20 vatios” que necesita todavía no existe en su catálogo.
En este modelo, el ciudadano es, esencialmente, un sensor ambulante. Sus ojos y su entorno alimentan un sistema que no controla.
Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind y hoy al frente de Microsoft AI, encarna la versión más refinada del modelo de fuerza bruta centralizada. Su apuesta es clara: grandes modelos, agentes conectados a todo tipo de herramientas, desplegados sobre infraestructuras de hiperescala en la nube de Microsoft.
Es un modelo poderosísimo… y profundamente asimétrico. Cuanto más se concentra la inteligencia en unos pocos centros de datos, más dependen gobiernos, empresas y ciudadanos de decisiones que no toman ellos: precios, políticas de uso, niveles de acceso, prioridades de producto.
Aquí, el usuario es materia prima y cliente cautivo a la vez: aporta datos, paga por el acceso y tiene poco margen real de negociación.
En este escenario aparece una figura que muchos identifican ya como posible futuro CEO de Apple: John Ternus, responsable de hardware. Que un ingeniero de chips gane peso en plena era de la IA no es un anacronismo; es una señal.
Apple lleva años construyendo su propia respuesta: el Neural Engine integrado en los chips de la serie A y M. No compite por ser el modelo más grande del planeta, sino por ejecutar modelos útiles con muy bajo consumo, directamente en el dispositivo.
La filosofía es otra:
En este modelo, el ciudadano se aproxima más a propietario de su entorno de IA: el cómputo ocurre en su teléfono, su portátil o su reloj. La empresa sigue teniendo un enorme poder —controla hardware, sistema operativo y tienda de apps—, pero la dirección del flujo de datos cambia.
El relato suena seductor: una IA más parecida al cerebro humano, que funciona con pocos vatios, cerca del usuario, sin enviar cada interacción a la nube. Pero sería ingenuo pensar que el “cerebro de 20 vatios” es automáticamente ético o neutral.
Hay varios puntos críticos:
Todo esto ocurre, además, con un gran actor en segundo plano: Europa.
El continente perdió hace décadas buena parte de su base electrónica e industrial. No tiene foundries avanzadas propias, apenas diseña procesadores competitivos a escala global y ve cómo su mejor joya, ASML, depende comercialmente de clientes externos y de decisiones geopolíticas que no controla.
El resultado es que la UE legisla, regula, discute sobre riesgo sistémico… pero no construye la infraestructura crítica: ni grandes nubes propias comparables a los hiperescalares, ni chips punteros, ni ecosistemas completos de hardware y software alrededor de una IA realmente soberana.
Mientras tanto, la guerra de vatios y datos la libran empresas con sede en Estados Unidos —y, cada vez más, en China— que tratan a Europa como mercado regulado, no como actor estratégico.
Sin una apuesta seria por:
el continente seguirá oscilando entre ser “cliente premium” o “proveedor de regulaciones” para sistemas que no controla.
La disputa entre el cerebro de 1.000 vatios y el cerebro de 20 vatios no es una pelea técnica; es una reconfiguración del poder digital.
La única salida razonable pasa por algo más incómodo: combinar eficiencia en el borde, transparencia real, estándares abiertos y competencia auténtica, no solo entre gigantes, sino con actores más pequeños, comunidades y proyectos públicos.
La IA no es solo una cuestión de chips, modelos o vatios. Es la infraestructura invisible sobre la que se apoyará la economía, la política y la vida cotidiana. Y en esa infraestructura, la verdadera pregunta no es qué modelo es más listo, sino:
¿quién decide cómo se usa, quién lo controla y quién paga el precio cuando algo falla?
Mientras no se responda a eso, la guerra de la IA seguirá presentándose como progreso inevitable, cuando en realidad es —sobre todo— una lucha por quién manda sobre la inteligencia que mediará nuestras vidas.
Leer el libro: Una Historia de la Inteligencia.
