

En el escenario actual de la medicina, el debate sobre el papel de la inteligencia artificial (IA) suele centrarse en dos extremos: por un lado, quienes temen que esta tecnología promueva una deshumanización del cuidado y, por otro, quienes la ven como una herramienta que potrebbe sustituir la relación genuina entre médicos y pacientes. Sin embargo, una perspectiva más equilibrada empieza a emerger, la cual sostiene que la IA puede, en realidad, reforzar y reconfigurar esa relación de formas que todavía estamos explorando.
Recientemente, el doctor Denys Coester, anestesiólogo y especialista en longevidad, compartió su visión optimista en la edición francesa de Forbes. Desde su experiencia, la IA «bien usada» no reemplaza al médico, sino que tiene el potencial de potenciar su rol y facilitar una atención más humana y efectiva. La clave, explica, está en su correcta integración en la práctica médica, permitiendo liberar al profesional de tareas rutinarias y administrativas que consumen un tiempo valioso, de modo que pueda dedicar más atención a la escucha y al acompañamiento de sus pacientes.
Uno de los aspectos que más preocupan suele ser la posibilidad de que la IA contribuya a un mundo despersonalizado y controlado, donde las decisiones humanas se vean sustituidas por algoritmos. Sin embargo, Coester sostiene que lo que está en camino no es la desaparición de la relación humana, sino su admirada reinvención. La tecnología puede procesar cantidades ingentes de datos clínicos, diagnósticos y perfiles de pacientes, mucho más allá de la capacidad cognitiva de un solo médico. En especial en áreas complejas como la geriatría, donde no basta con evaluar un solo órgano o patología, sino con integrar funciones, síntomas y hábitos de vida, la IA emerge como un aliado que amplifica la percepción clínica y ayuda a tomar decisiones más informadas.
El autor explica que, desde la detección de anomalías en la retina hasta el reconocimiento de melanomas en la piel, la IA ya realiza tareas que antes requerían amplios recursos y especialización. Incluso en las resonancias, mejora la precisión y velocidad del análisis. A estas capacidades hay que sumarle la posibilidad de gestionar múltiples variables en la Medicina de la longevidad, donde los cambios de hábitos y el seguimiento constante son fundamentales. La inteligencia artificial, en este sentido, puede convertirse en un «coach digital personalizado» que acompaña al paciente en su proceso, despertando un vínculo que va más allá del consultorio y favorece la adherencia a los tratamientos.
Más allá de la automatización, Coester visualiza un futuro en el que cada médico tenga un asistente virtual personal, que interprete sus estilos de atención y conocimientos habituales para responder dudas y recordar detalles importantes. Esto no solo alargaría el vínculo médico-paciente, sino que también facilitaría abordajes preventivos y cambios de hábitos con un seguimiento continuado y adaptado a las necesidades individuales. La tecnología, en esta visión, no reemplaza la empatía ni la intuición, sino que las complementa y enriquece.
Uno de los desafíos actuales en la medicina es la sobrecarga administrativa que demanda mucho tiempo del profesional, alejándolo del contacto directo con quienes atiende. La IA ya ofrece soluciones concretas, como sistemas que escuchan y transcriben consultas, generan informes y proponen tratamientos preliminares, que luego el médico revisa y valida. Esta automatización reduce el tiempo dedicado al papeleo, permitiendo que la presencia y atención humanas sean más efectivas y de mayor calidad, incluso en poblaciones vulnerables como la geriátrica.
Además, en ámbitos como la longevidad, donde las intervenciones del médico muchas veces giran en torno a cambios de hábitos y estilos de vida, la IA puede jugar un papel de acompañante constante. Aplicaciones personalizadas monitorean, entregan alertas y motivación, y ayudan a que el paciente se prepare mejor para las consultas, formulando preguntas específicas y entendiendo sus propios resultados. En opinión de Coester, aunque hoy en día estas soluciones todavía requieren su desarrollo, el principio de que la IA debe nutrirse del conocimiento médico y adaptarse a su filosofía es esencial para que sean realmente útiles y éticamente responsables.
Concluye señalando que, lejos de ser una amenaza, la IA en medicina representa una oportunidad de devolver tiempo y espacio a los profesionales para relaciones más humanas y cercanas. La integración de ambas dimensiones —la tecnológica y la humana— puede abrir un camino hacia una medicina más transparente, compleja y, sobre todo, más rehumanizada. En la medicina de la longevidad, en particular, cada recorrido es único, y la apuesta conjunta por la intuición y la dato se presenta como un horizonte lleno de posibilidades inéditas.
