

La periodista Alicia Armesto ha vivido una experiencia que pocas personas podrían imaginar. Recientemente ha regresado a Madrid tras pasar un mes detenida en Libia. Su crimen: intentar llevar ayuda humanitaria a Gaza. Armesto, secretaria técnica del Sindicato de Periodistas de Madrid, cayó en manos de las fuerzas leales a Jalifa Haftar el pasado 24 de mayo, un poderoso militar señalado por organizaciones como Amnistía Internacional por crímenes de guerra.
Este periplo comenzó cuando la periodista, tras haber sido ilegalmente detenida por Israel durante un viaje en la Global Sumud Flotilla, decidió embarcarse en un convoy terrestre con el mismo objetivo humanitario. A pesar del reciente acuerdo de paz en la región, Armesto siempre ha mantenido que este no es sino un espejismo.
Durante su detención, Armesto y sus compañeros vivieron un verdadero infierno. Fueron llevados a un centro de detención libio, un lugar que describieron como un «black hole», donde los derechos humanos son inexistentes. Fueron sometidos a situaciones angustiosas y mantenidos en celdas oscuras mientras escuchaban las torturas a otros detenidos. «Era el lugar donde peor lo he pasado psicológicamente», confesó Alicia tras su regreso a España.
El sufrimiento físico al que había sido sometida previamente en Israel palidece en comparación con el impacto psicológico experimentado en Libia. Internamente, se aferraba a la esperanza proveniente del consulado español, cuyos funcionarios, Manuel y su adjunto Marc, lucharon sin descanso por su liberación. «Nos decían que no sabían cuándo, pero que nos liberarían», cuenta Armesto, quien admite que su presencia fue un soporte invaluable durante esos días oscuros.
La acusación de inmigración ilegal y de reunión en un lugar prohibido fue la excusa oficial para su detención. Sin embargo, Armesto cree que la mano del gobierno israelí estaba detrás de todo, dada la presión que suele ejercer sobre sus vecinos. Israel, asegura, mantiene estrechas relaciones con Haftar, el hombre fuerte en la región.
Finalmente, la situación dio un giro cuando una de sus compañeras de detención, de origen polaco, fue operada de urgencia por apendicitis. Poco después, las autoridades libias decidieron liberar al grupo. «Nos pusimos como locos», recuerda Alicia al describir el momento en que la liberación se hizo efectiva.
A pesar de estar libre, Armesto aún lidia con el impacto emocional. Reconoce que ni ella ni sus compañeros estaban preparados para un encarcelamiento de estas características y reflexiona sobre el futuro. «Quizás tenemos que cambiar la fórmula», afirma con la voz entrecortada, evidenciando las cicatrices de su experiencia.
Ahora, de vuelta en Madrid, dice que va a concentrarse en su familia, aunque esa llama de solidaridad que la caracteriza continúa ardiendo. Pero una pregunta permanece en el aire: ¿cómo continuar la lucha sin arriesgar las vidas de aquellos que, como Alicia, están dispuestos a desafiar lo imposible por un cambio en el mundo?
Fuente: SPM – Sindicato Periodísticas de Madrid
