
Las cifras son claras y, para el sector, difíciles de digerir: las matriculaciones en estudios de Ingeniería en España han caído un 33 % en las dos últimas décadas. Al mismo tiempo, casi la mitad del alumnado abandona la carrera antes de terminarla y solo una pequeña minoría logra completar sus estudios en plazo. Todo ello, en un país que necesitará más de 200.000 ingenieros en los próximos años para sostener su transformación digital, industrial y energética.
El diagnóstico llega del III Informe sobre los estudios universitarios de Ingeniería en España, presentado por el Instituto de Graduados en Ingeniería e Ingenieros Técnicos de España (INGITE) y otras entidades profesionales. El documento habla de “tendencia preocupante” y reclama una reflexión profunda sobre el modelo educativo, la orientación y la forma en que la sociedad española se relaciona con las carreras técnicas.
Desde el curso 2002-2003, el peso de la Ingeniería sobre el total del alumnado universitario ha pasado del entorno del 24 % a cerca del 17 %. Es decir, uno de cada cuatro estudiantes universitarios era ingeniero en ciernes hace veinte años; hoy son menos de dos de cada diez.

A esa caída en vocaciones se suma un problema de retención. Según los datos recopilados por INGITE, la tasa real de abandono en los estudios de Ingeniería se sitúa “muy cerca del 50 %”. La consecuencia es inmediata: el número de egresados no crece al ritmo necesario para cubrir el relevo generacional ni la demanda creciente de perfiles tecnológicos especializados.
En el último informe se destaca otro fenómeno: más de la mitad de los grados en Ingeniería (alrededor del 53 %) no otorgan atribuciones profesionales, es decir, no habilitan directamente para ejercer la profesión regulada. Mientras el número de titulaciones no habilitantes crece con fuerza, los grados que sí habilitan pierden peso. Desde el sector se alerta de que esta proliferación de títulos “desvinculados de las necesidades del sistema profesional y productivo” genera confusión entre el alumnado y reduce las garantías para empresas y administraciones.
El impacto de este declive no se queda en las estadísticas universitarias. Varios economistas y organizaciones profesionales vinculan de forma directa la escasez de ingenieros con uno de los grandes problemas estructurales de la economía española: la baja productividad.
España produce menos por hora trabajada que la media de la eurozona y se sitúa claramente por detrás de países como Alemania o Francia. Parte de esa brecha se explica por el peso de sectores de bajo valor añadido, pero cada vez más voces apuntan a un factor de fondo: la falta de perfiles técnicos capaces de impulsar innovación, automatización y desarrollo industrial.
Mientras otros países europeos refuerzan sus ramas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) para afrontar la transición energética, la soberanía tecnológica o la digitalización de la industria, España avanza en dirección contraria: menos matriculados, más abandono y un parque de titulados insuficiente para cubrir la demanda de empresas de sectores como la energía, las telecomunicaciones, el software, la automoción o las infraestructuras.
Los datos del informe han reabierto un debate incómodo: ¿está el sistema formativo alineado con las competencias, el esfuerzo y las expectativas que luego se exigen en las carreras de ingeniería y en el mercado laboral?
Distintas plataformas de orientación académica y expertos en educación coinciden en que no. Hablan de un “desajuste estructural” que se manifiesta en cuatro planos:
Sobre la mesa, empiezan a perfilarse algunas líneas de actuación que van más allá de reclamar “más dinero” o “mejorar los planes de estudio” de forma genérica. Entre las propuestas que ganan peso destacan cuatro:
Los colegios profesionales, las universidades, las empresas tecnológicas y la administración coinciden en un punto: sin ingenieros suficientes, España tendrá muy difícil ganar la batalla de la productividad, la reindustrialización y la soberanía tecnológica.
El debate está abierto. Las cifras ya no se discuten; ahora falta comprobar si el país estará dispuesto a acometer los cambios de fondo que exige revertir una tendencia de más de veinte años.
Referencia: The Objective: Los jóvenes no quieren ser ingenieros: las matriculaciones se hunden un 33% en 20 años.
