
Iván Cano, un joven colombiano de 26 años, enfrenta un complicado proceso judicial en México. Desde su llegada al país en mayo, Cano ha estado detenido en el penal de Morelia, Michoacán, acusado de portar armas de uso exclusivo del ejército, situación que obliga a una prisión preventiva oficiosa con una pena mínima de seis años. Según su relato, Cano fue engañado con una oferta laboral falsa, secuestrado al llegar al aeropuerto de Guadalajara, y posteriormente sometido a torturas por el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) hasta su liberación por parte de un operativo del Ejército y la Guardia Nacional. Sin redes de apoyo en México y padeciendo una discapacidad asociada con el síndrome de Marfan, su única asistencia proviene de la Cancillería colombiana. Cano mantiene su inocencia y asegura que nunca formó parte del cartel, pero se encuentra en un ambiente hostil que lo obliga a considerar un procedimiento abreviado para reducir su condena.
El caso ha captado la atención internacional, con la Cancillería de Colombia integrándose a su defensa y solicitando al cónsul general Alfredo Molano intervenir de forma respetuosa ante las autoridades mexicanas. Aunque Cano fue encontrado en un campamento de reclutamiento del CJNG durante un operativo militar con un fusil y dinero en efectivo, su defensa argumenta que las condiciones físicas del joven, debido a su discapacidad y salud deteriorada, hacen imposible que pudiera manejar un arma de ese calibre. Sin huellas dactilares en el fusil ni restos de pólvora en sus manos, Cano enfrenta su destino judicial mientras las autoridades mexicanas y colombianas evalúan su situación bajo la premisa de un posible caso de trata de personas. La historia de Cano revela las complejidades del sistema judicial mexicano y el impacto de las redes criminales en la vida de personas vulnerables atrapadas en el terror del narcotráfico.
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