

Mover el cuerpo no es solo una cuestión de estética o salud física; cada movimiento activo representa un acto de cuidado cerebral, una inversión en la vigilia y la agilidad mental a lo largo de toda la vida. Estudios científicos y prácticas clínicas coinciden en que el ejercicio aeróbico, en sus diferentes formas, es un pilar fundamental para mantener la salud cognitiva, retrasar el envejecimiento cerebral y protegerse frente a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Cada vez más, los expertos resaltan que no se trata solo de hacer ejercicio, sino de hacerlo con constancia y disfrute. La adherencia a rutinas de actividad física moderada, que se practiquen entre tres y cinco días a la semana, puede marcar la diferencia en la calidad de vida neuronal. Durante actividades como correr, nadar o andar en bicicleta, el cuerpo libera hormonas como las endorfinas, que además de elevar el estado de ánimo, favorecen la producción de proteínas clave para la salud cerebral, como el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF). Este elemento actúa como un “fertilizante” natural para las neuronas, estimulando su supervivencia, crecimiento y formación de nuevas conexiones, fundamentales para el aprendizaje y la memoria.
La neuroplasticidad, esa capacidad admirable del cerebro para adaptarse y reorganizarse en respuesta a estímulos externos, se ve claramente beneficiada con la práctica regular de ejercicio aeróbico. Investigaciones avalan que este tipo de actividad aumenta la producción de BDNF, incrementa el tamaño del hipocampo (una estructura central en la memoria y el aprendizaje), y ayuda a contrarrestar la pérdida de volumen cerebral vinculada al envejecimiento—una condición conocida como “inflammaging”, o inflamación crónica de bajo grado relacionada con el deterioro cognitivo y patologías como el Alzheimer.
No solo el ejercicio en sí, sino también su intensidad y frecuencia, son factores clave. La rutina ideal contempla sesiones de entre 30 y 60 minutos, dos o tres veces por semana, en las que el ejercicio sea de intensidad moderada a vigorosa. Estas prácticas no solo refuerzan la función cognitiva, sino que también contribuyen a reducir los marcadores inflamatorios asociados a la edad. Además, durante estas actividades, el cuerpo libera hormonas que mejoran el estado de ánimo, reducen el estrés y la ansiedad, y fortalecen la resistencia frente a las enfermedades.
Es importante destacar que el ejercicio no es una solución exclusiva, sino parte de un conjunto de hábitos que potencian la salud cerebral. La dieta juega un papel esencial, especialmente la incorporación de alimentos ricos en ácidos grasos omega-3, antioxidantes, frutos secos y verduras variadas, que contribuyen a la protección neuronal. La actividad física también favorece la movilidad y la salud de las articulaciones, aspectos que, por su interrelación con el sistema nervioso, favorecen el bienestar global.
Asimismo, la estimulación mental mediante la lectura, rompecabezas, aprendizaje de nuevas habilidades, o la interacción social continua, refuerza las conexiones neuronales y mantiene vigente la plasticidad cerebral. No menos importante es priorizar el buen descanso y mantener controlados aspectos como la presión arterial, el colesterol y los niveles de glucosa en sangre, factores que, en conjunto, determinan la salud del cerebro.
Nunca es tarde para comenzar. La evidencia demuestra que incluso en edades avanzadas, la práctica constante de ejercicio aeróbico puede aumentar el tamaño del hipocampo y mejorar funciones cognitivas, contribuyendo a que la memoria y otras habilidades mentales se mantengan en niveles satisfactorios. La clave está en la constancia, la adaptación a las preferencias personales y, sobre todo, en entender que cada movimiento cuenta a favor del bienestar cerebral, promoviendo un equilibrio armonioso entre cuerpo y mente.
