

Un estudio reciente ha puesto de manifiesto una posible conexión entre el órgano escondido en la parte superior izquierda del abdomen, el bazo, y la salud cardiovascular. Aunque tradicionalmente esta glándula cumple funciones de filtrado sanguíneo y participación en procesos inmunológicos, investigadores han comenzado a explorar su papel en la aparición de enfermedades del corazón, específicamente en la enfermedad de las arterias coronarias.
El trabajo, elaborado por un equipo de la Facultad de Medicina de Harvard en colaboración con el Hospital General de Massachusetts, combina tecnología avanzada, datos genéticos y análisis de imágenes para detectar patrones que antes no eran evidentes. La investigación se basó en datos de más de 42.000 personas que forman parte del Biobanco del Reino Unido, una base de datos que agrupa información clínica y genética de poblaciones tanto sanas como con antecedentes médicos variados.
Utilizando resonancias magnéticas abdominales y técnicas de inteligencia artificial, los científicos extrajeron 107 variables relacionadas con las características del bazo. Estas variables incluyen su forma, textura, intensidad de tonos en las imágenes y dimensiones, permitiendo un análisis detallado del órgano. El objetivo no era crear un método diagnóstico, sino explorar si ciertos patrones en el órgano podían estar asociados con la presencia o el riesgo de enfermedad arterial coronaria, una condición en la que se acumula placa en los vasos sanguíneos que irrigaban el corazón.
Entre las principales conclusiones, los investigadores destacaron que se identificaron 10 variables relacionadas con patrones de heterogeneidad en las imágenes, medidas de esfericidad y distribución interna del órgano. Algunos de estos rasgos parecen estar vinculados con procesos inflamatorios y mecanismos que afectan la presión arterial, además de influir en la función de las células musculares lisas y en la formación de células grasas.
Uno de los descubrimientos más relevantes fue la relación de variantes genéticas específicas —sobre todo en regiones del cromosoma 9— con los patrones observados en el bazo y la mayor probabilidad de desarrollar enfermedad coronaria. Estas variantes, muchas de ellas en segmentos no codificantes del ADN, parecen influir en la inflamación, el funcionamiento vascular y la presión arterial elevada. La detección de estas señales genéticas refuerza la hipótesis de que el bazo participa en procesos que van más allá de su función inmunitaria tradicional, involucrándose en mecanismos biológicos relacionados con la salud del corazón.
La profesora adjunta de Harvard, Zhi Yu, explicó que la evaluación del bazo a través de técnicas como la resonancia magnética puede detectar cambios sutiles que reflejan procesos biológicos o que incluso predicen el desarrollo de patologías. Sin embargo, aclaró que esta tecnología aún no se traduce en una herramienta clínica para diagnósticos, sino que abre un camino para comprender mejor cómo funciones que se han considerado secundarias podrían estar relacionadas con las enfermedades cardiovasculares.
El respaldo del análisis genético fue fundamental para fortalecer las hipótesis, permitiendo identificar variantes que se relacionan con inflamación y regulación de la presión arterial, entre otros procesos. En especial, unas variantes en el cromosoma 9 mostraron una relación clara con la textura irregular del bazo y la presencia de enfermedad arterial coronaria, incluso tras ajustar otros factores de riesgo como colesterol y presión arterial.
El estudio también incluyó una validación en un grupo distinto, compuesto por unos 2.700 pacientes del Biobanco Mass General Brigham. Sin embargo, los resultados en esta cohorte diferían en muchos aspectos, lo que los científicos atribuyeron a las diferencias en los perfiles de los pacientes y en los protocolos de imagen utilizados. La variabilidad de las poblaciones clínicas, que suelen incluir casos con múltiples comorbilidades y en diferentes etapas evolutivas, puede dificultar la reproducción exacta de los hallazgos.
A pesar de estas limitaciones, estos avances aportan una mirada innovadora sobre la interacción entre órganos que, hasta ahora, habían sido considerados en su función más simple. La profesora Meghana Kamineni, principal autora del estudio, afirmó que los hallazgos abren la puerta a investigar mecanismos aún poco explorados, en los que el sistema hematopoyético —el encargado de producir las células de la sangre— y la inflamación juegan un papel relevante en las enfermedades cardiovasculares.
De cara al futuro, los científicos planean realizar estudios con protocolos más homogéneos y poblaciones clínicas más específicas para verificar qué patrones se mantienen en diferentes contextos. La expectativa es que estos conocimientos permitan avanzar hacia técnicas preventivas o de detección temprana, ampliando la comprensión integral del riesgo cardiovascular desde una perspectiva no convencional y multidisciplinaria.
