

El descubrimiento de la estructura del ADN en los años 50 marcó un momento crucial en la historia de la biología, transformando para siempre nuestra comprensión de la vida y la herencia genética. Sin embargo, detrás de esa hazaña se escondió una historia de trabajo silencioso, prejuicios y desigualdad que ahora empieza a salir a la luz con mayor claridad.
El 28 de febrero de 1953, en un simple pub londinense, los científicos James Watson y Francis Crick anunciaron con entusiasmo que habían desentrañado el secreto de la vida: la doble hélice del ácido desoxirribonucleico. Su trabajo, publicado en la prestigiosa revista Nature, fue el catalizador para un auge en la biología molecular y sentó las bases para los avances en genética que continúan hoy día. Con solo dos páginas, el artículo no solo reveló la estructura, sino que también explicó cómo se organizaba y replicaba la información genética, abriendo paso a nuevas investigaciones y aplicaciones en medicina, biotecnología y más.
Pero esta historia, tan conocida, oculta una figura que durante décadas fue invisibilizada pese a su contribución fundamental: Rosalind Franklin. Nacida en 1920 en Londres, Franklin fue una cristalógrafa especializada en rayos X, un campo en auge en aquella época. Su trabajo en el King’s College de Londres le permitió perfeccionar técnicas para obtener imágenes de moléculas biológicas con un nivel de precisión que en su tiempo fue revolucionario. Gracias a su labor, en mayo de 1952 logró obtener la famosa “Fotografía 51”, una imagen reveladora que mostró con nitidez el patrón de difracción de fibras de ADN, permitiendo deducir su forma helicoidal y constancia de diámetro.
Sin embargo, la trayectoria de Franklin fue marcada por obstáculos. La imagen, obtenida sin autorización en una reunión informal, fue entregada a Watson y Crick por Maurice Wilkins, colega del laboratorio, sin el consentimiento de Franklin. A pesar de que ella misma publicó un artículo en la misma edición de Nature, junto a Raymond Gosling, su papel en el descubrimiento no fue reconocido con el mismo brillo. La ciencia de aquella época, dominada por prejuicios de género y jerarquías, contribuyó a que su trabajo se viera relegado y que Watson y Crick recibieran el Nobel en 1962, junto con Wilkins, sin que ella estuviera incluida, ya que había muerto varios años antes, por cáncer de ovario.
Franklin dejó un legado que trasciende la historia del ADN. Su aplicación de la cristalografía a virus y materiales como los carbones porosos ayudó en avances que hoy benefician áreas como la medicina y la protección. La imagen de Franklin en su laboratorio, la rigurosa científica que enfrentó y superó las barreras propias de su tiempo, ha comenzado a cobrar el reconocimiento que merece. En los últimos años, investigaciones y documentos inéditos han confirmado que su trabajo no solo fue clave, sino que la ubican como una coautora del descubrimiento, un reconocimiento que la historia le debe.
Incluso en la cultura popular y en la ciencia moderna hay gestos de honor a su memoria; la NASA bautizó una nave robótica con su nombre, en homenaje a una pionera que contribuyó a entender la estructura que rige la vida en la Tierra. La visión actual de la comunidad científica se aleja del protagonismo individual y reconoce a Franklin como una colaboradora esencial, una pionera que, en un entorno hostil, aportó con talento y precisión.
Su historia refleja también la necesidad de revisar los prejuicios que marcaron la ciencia en épocas pasadas, y que aún dejan huellas en la forma en que se reconoce el trabajo de las mujeres en investigaciones de alto impacto. Como señala el doctor en Física Diego Lamas, experto en cristalografía, “ya pasaron más de 70 años. Es tiempo de poner a Franklin en el lugar que le corresponde en la historia de la ciencia”.
La historia de Rosalind Franklin debe servir de ejemplo para valorar la contribución de todas las voces en la ciencia, combate contra los prejuicios y discriminaciones, y reconocer que los avances en el conocimiento colectivo son el resultado del esfuerzo de muchas mentes, muchas veces invisibles pero siempre esenciales.
