En una reciente columna de opinión publicada en EL PAÍS, el autor Jorge F. Hernández traslada a sus lectores a un mundo poético donde rinde homenaje a diversas figuras cotidianas que, a menudo, pasan desapercibidas en el vértigo diario. Desde mujeres que madrugan para comenzar su jornada, niños curiosos y poetas fallecidos, hasta cocineras que confeccionan desde ollas grandes y chefs con selecta pastelería, la columna entrelaza personajes inesperados para ofrecer una reflexión sobre la belleza en lo ordinario y la importancia de cada rol, por pequeño que parezca. Este recorrido lírico se acompaña de un deseo de felicidad y sosiego para todos en el inicio de un nuevo año, simbolizado en la actuación simbólica de una uva disolviéndose en saliva.
Hernández se sumerge profundamente en una oda a las labores invisibles y virtudes humildes de aquellos que contribuyen con sus esfuerzos silenciosos al entramado social. Cubre una variedad de personajes, desde médicos y enfermeras que cuidan de los enfermos hasta joyeros detallistas y taxistas cíclicos, reafirmando la diversidad de quienes enriquecen la vida comunitaria con su quehacer diario. Personajes como un candelabro apagado de un mayordomo desempleado o un compositor de melodías inolvidables, ilustran a quienes aportan una cierta magia y significado a nuestro entorno. La columna no solo agradece, sino que también evoca una conexión profunda entre el lector y estas entidades casi míticas que nos rodean, demostrando el poder de la narración y la observación detallada para revelar una grandeza oculta en lo cotidiano.
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