En una reciente intervención frente a sus altos mandos militares, el presidente ruso Vladímir Putin ha intensificado su retórica contra Occidente, utilizando insultos que reflejan la influencia de los sectores más radicales del Kremlin. Durante su discurso, Putin calificó a los europeos como «cochinillos», alineándose con expresiones previas de figuras extremas como Dmitri Medvédev. En este contexto, Moscú ha anunciado la entrada en servicio del misil balístico hipersónico Oréshnik y ha reiterado su compromiso de lograr sus objetivos en Ucrania, ya sea mediante diplomacia o fuerza militar. A pesar de los esfuerzos diplomáticos fallidos, Putin ha enfatizado su intención de no ceder en lo que considera territorios históricos rusos, advirtiendo que cualquier concesión comprometería elementos fundamentales de su estado.
Por otra parte, el ministro de Defensa ruso, Andréi Belóusov, ha subrayado que las condiciones son propicias para continuar la invasión de Ucrania en 2026, enfatizando que el ejército ruso se ha fortalecido durante el conflicto. Sin embargo, las afirmaciones optimistas del Kremlin contrastan con la realidad del campo de batalla, donde las fuerzas ucranianas han retomado posiciones clave, como Kupiansk y Prokovsk. La amenaza de una guerra prolongada y el anunciado despliegue del misil Oréshnik en Bielorrusia, que ya ha recibido armas nucleares rusas, aumenta las tensiones con la OTAN, que según Moscú, se prepara para una eventual confrontación en la próxima década. Putin, evocando resentimientos históricos tras la caída de la URSS, acusa a Occidente de degradación y niega las advertencias de un conflicto inminente entre Rusia y Europa.
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