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Preocupación de los expertos: los alimentos ultraprocesados constituyen la mitad de la dieta en Estados Unidos

La mitad de las calorías

Recientemente, en Estados Unidos ha surgido una alarmante revelación respecto a los patrones alimenticios y las regulaciones que rigen los ingredientes en los alimentos procesados. Un informe destacado y un reportaje en la serie 60 Minutes han puesto sobre la mesa una situación que preocupa a expertos en salud pública y autoridades sanitarias: cerca de la mitad de las calorías consumidas en ese país provienen de alimentos ultraprocesados.

Estos productos, diseñados para ser extremadamente agradables al paladar y de fácil consumo, dominan la dieta estadounidense, especialmente en la infancia. Se estima que aproximadamente el 60% de las calorías que consumen los niños proceden de ellos, desplazando rápidamente a los alimentos frescos y naturales. La consecuencia, según los especialistas, es un aumento en las tasas de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, hígado graso y otras enfermedades crónicas no transmisibles.

Bill Whitaker, presentador del programa, entrevistó a figuras clave como el excomisionado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), Dr. David Kessler, y el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr. Ambos coincidieron en que la exposición prolongada a estos productos ha alterado el metabolismo colectivo y ha contribuido a la crisis de salud pública en Estados Unidos.

Un punto central del debate gira en torno al marco regulatorio. La norma conocida como GRAS (Generally Recognized As Safe), vigente desde la década de 1950, ha permitido a las empresas agregar nuevos ingredientes a los alimentos sin una revisión exhaustiva por parte de la FDA. Kennedy Jr. señaló que, en la actualidad, hay entre 4.000 y 10.000 ingredientes en circulación en el sistema alimentario estadounidense, mucho más de los 400 ingredientes autorizados en la Unión Europea. La falta de control riguroso y la permisividad legal han sido criticadas duramente por los expertos, quienes advierten sobre los riesgos que estos ingredientes podrían representar para la salud.

Ingredientes como el jarabe de maíz de alta fructosa y la maltodextrina, presentes en numerosos productos ultraprocesados, son particularmente problemáticos. La rápida absorción de estos compuestos altera los circuitos cerebrales de recompensa, fomentando el consumo excesivo y debilitando la sensación de saciedad. Además, estas calorías, lejos de ser vacías, terminan en el hígado y contribuyen a la formación de grasa en órganos vitales, incrementando el riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares.

El impacto en la población infantil es aún más preocupante. A medida que los niveles de sobrepeso y obesidad aumentan, el 70% de los estadounidenses presenta alguna de estas condiciones. Los subsidios agrícolas, que durante décadas han favorecido cultivos como el maíz y la soja para convertirlos en ingredientes ultraprocesados, también están en el centro del debate. La industria alimentaria, en su afán por mantener la innovación y la competitividad, ha aprovechado las lagunas regulatorias para incorporar componentes cuya seguridad a largo plazo no ha sido suficientemente evaluada.

Ante esta situación, ya se han presentado acciones judiciales. En diciembre pasado, el fiscal de San Francisco, David Chiu, presentó una demanda contra múltiples fabricantes de alimentos ultraprocesados, comparando la situación con la crisis del tabaco y señalando que estas empresas han diseñado productos adictivos, ocultado riesgos y llevado a una emergencia sanitaria.

Desde el punto de vista de los especialistas, sería fundamental revisar y suspender la exención GRAS para determinados ingredientes, especialmente aquellos que favorecen trastornos metabólicos. La propuesta contempla además promover una mayor transparencia y acceso a información científica confiable para que los consumidores puedan tomar decisiones informadas.

Finalmente, uno de los desafíos más grandes radica en mejorar el acceso a alimentos frescos, especialmente en los llamados “desiertos alimentarios”, zonas donde escasean las opciones de productos no ultraprocesados y los precios de los alimentos naturales suelen ser elevados. La intención de las autoridades es que el gobierno pueda garantizar opciones más saludables y reducir, a largo plazo, el impacto de los ultraprocesados en la población estadounidense, particularmente en los grupos más vulnerables.

El debate, que recuerda en algunos aspectos las campañas contra el tabaco, invita a reflexionar sobre la relación entre regulación, industria y salud pública. La sencillez de la propuesta de Michael Pollan, de considerar un alimento real como aquel que es comprensible y familiar, parece cobrar mayor relevancia en estos tiempos en los que la ciencia advierte sobre los peligros ocultos en muchos productos que consumimos sin cuestionar.

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