Afganistán vive días de luto e incertidumbre tras el devastador bombardeo a un centro de rehabilitación en Kabul, que ha dejado una estela de destrucción y dolor entre las familias que buscan a sus seres queridos entre los escombros. La cifra exacta de víctimas sigue siendo incierta. La Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán (Unama) ha informado preliminarmente de al menos 143 muertos, mientras que las autoridades talibanas denuncian un saldo mucho mayor, apuntando a Pakistán como responsable del ataque. En medio de este cruce de acusaciones, Pakistán justifica sus acciones argumentando que el lugar servía como almacén de material militar y centro de entrenamiento para insurgentes, negando haber atacado objetivos civiles. La situación se agrava con la denuncia de nuevos ataques en la región fronteriza de Kunar y la intervención diplomática de Arabia Saudí, Turquía y Qatar para detener temporalmente las hostilidades.
Familiares de las víctimas, aún conmocionados, recorren hospitales y depósitos de cadáveres en busca de respuestas. La tragedia ha sacudido al Hospital Omid, una instalación que pasó de ser una antigua base militar estadounidense a un refugio para aquellos que luchan contra la adicción. Afganos como Mazar, de 50 años, enfrentan la angustia de no saber si sus seres queridos están vivos o muertos. Las imágenes de cadáveres siendo retirados por voluntarios son un sombrío recordatorio de la fragilidad de la paz en una región constantemente azotada por conflictos. La ONU ha exigido una investigación independiente y transparente, reafirmando el derecho internacional de proteger a civiles e infraestructuras médicas en situaciones de guerra. Mientras el mando militar pakistaní asegura que sus ataques han sido precisos para evitar daños colaterales, las voces de los afectados narran una realidad de pérdidas irreparables y desesperación.
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