

Hawái se ha convertido en un laboratorio de vigilancia vial en tiempo real. El estado norteamericano ha repartido 1.000 dashcams —cámaras instaladas en el parabrisas— a conductores voluntarios. Es el programa “Eyes on the Road”, una iniciativa que combina vídeo y algoritmos de inteligencia artificial para vigilar el estado de las carreteras… y también cómo conducen las personas.
La pregunta cae por su propio peso: si funciona allí, ¿cuánto tardarán organismos de tráfico de otros países, como la DGT en España, en interesarse por algo parecido?
Las cámaras, conectadas al móvil del conductor, graban el tráfico y envían las imágenes a una plataforma central. Allí, sistemas de visión por computador analizan fotograma a fotograma buscando:
Con esa información, el departamento de transporte puede priorizar reparaciones y organizar mejor el mantenimiento. Además, los conductores participantes pueden descargar fragmentos concretos de vídeo y remitirlos a la policía si presencian conducción temeraria o episodios de road rage.
En la práctica, cada coche se convierte en un pequeño vehículo de inspección y vigilancia.
Sobre el papel, la idea tiene ventajas evidentes:
Sin embargo, también abre la puerta a un escenario de vigilancia casi permanente. Aunque Hawái insiste en que solo se aprovecha la cámara frontal y no se graba el interior del vehículo, el potencial de estos sistemas es enorme: reconocimiento de matrículas, análisis de velocidad media, identificación de comportamientos “anómalos” e incluso patrones de movilidad de personas concretas.
Ahí es donde empiezan las dudas: ¿quién controla los datos?, ¿durante cuánto tiempo se guardan?, ¿podrían usarse para otros fines más allá del mantenimiento de la vía?
En España, la Dirección General de Tráfico ya utiliza una combinación de cámaras fijas, radares de tramo, helicópteros y drones para vigilar la red viaria. Incorporar un sistema similar al de Hawái sería, técnicamente, el siguiente paso lógico: convertir a miles de conductores en sensores distribuidos, alimentando con vídeo un gran sistema centralizado.
Un programa así podría servir para:
Pero también plantearía un debate político y social de primer nivel. En un país donde ya existen cámaras de seguridad en casi cada esquina urbana, sumar miles de dashcams con apoyo institucional podría interpretarse como un salto cualitativo hacia una sociedad hipervigilada.
Que el modelo genere dudas no significa que haya que descartarlo por completo. Un enfoque más equilibrado podría pasar por:
La tecnología que se está probando en Hawái demuestra que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta útil para mantener carreteras más seguras y mejor conservadas. Pero también recuerda que cada nueva capa de datos y cámaras tiene un coste en términos de privacidad, confianza y modelo de sociedad.
Si en algún momento la DGT o cualquier otro organismo español decide experimentar con algo similar, el debate no debería centrarse solo en cuántos baches se arreglarán, sino en qué tipo de relación quiere mantener el Estado con quienes conducen por sus carreteras: ciudadanos que colaboran… o ciudadanos a los que se vigila.
vía: notebookcheck y DOT
