

El incremento de trastornos alimentarios en niños y adolescentes en España ha provocado una creciente preocupación entre padres, madres y profesionales de la salud. En los últimos años, ha quedado en evidencia que estos problemas, que antes parecían limitarse a ciertas edades o perfiles, están afectando también a menores que vienen de entornos familiares y sociales diversos.
Esta problemática se ha datasetado en contexto con la Semana Nacional de Concienciación sobre Trastornos de la Alimentación, organizada por la Asociación Nacional de Trastornos Alimentarios de España. Los expertos destacados en salud mental y nutrición advierten que la detección temprana es fundamental para prevenir el desarrollo de cuadros severos. Identificar las señales iniciales, aunque puedan pasar desapercibidas en un primer momento, puede marcar la diferencia en el pronóstico y en la recuperación.
Los cambios en el comportamiento cotidiano de los niños y adolescentes son indicadores clave. La restrictiva alimentación, la obsesión por consumir solo alimentos «saludables» o el rechazo a compartir comidas en reuniones sociales son algunos detalles que deben observarse con atención. En muchas ocasiones, las conductas restrictivas, la moralización de los alimentos y la tendencia a clasificar los alimentos en “buenos” o “malos” favorecen conductas compulsivas y pueden derivar en cuadros más graves.
Las presiones sociales, el auge de las redes sociales y la cultura de la dieta contribuyen a que la percepción sobre la alimentación y la imagen corporal se intensifiquen en la juventud. La psicóloga clínica especializada en trastornos alimentarios, Erin Parks, señala que desde 2020 los diagnósticos de estos trastornos han incrementado de manera significativa. Hasta ese momento, la incidencia se mantenía relativamente estable durante un siglo, pero el aumento reciente evidencia la influencia de nuevos factores sociales y culturales que afectan principalmente a menores y adolescentes.
Para afrontar la situación, los expertos recomiendan mantener un diálogo abierto con los niños y adolescentes, evitando moralizar sobre los alimentos. La clave está en promover una relación equilibrada con la comida, sin prejuicios ni extremos. Preguntar sin juzgar, entender los motivos detrás de ciertos comportamientos y, ante cualquier duda, acudir a profesionales especializados es la estrategia recomendable. La intervención precoz puede evitar que un problema menor se convierta en un trastorno grave.
Es importante también tener en cuenta que los trastornos alimentarios no afectan únicamente a las mujeres; aproximadamente el 40% de quienes los padecen son varones. En estos casos, la práctica deportiva excesiva, la disciplina rígida y la tendencia a aislarse pueden ser signos de alarma, incluso si inicialmente parecen comportamientos positivos o admirables.
Desde una perspectiva más neurobiológica y genética, se sabe que la predisposición a estos trastornos tiene un componente heredable importante. Más del 85% de la vulnerabilidad puede estar relacionada con factores genéticos, lo que subraya la necesidad de un abordaje comprensivo y personalizado. Dialogar sobre el esfuerzo, las emociones, y aprender a gestionar la frustración y el cansancio, puede ayudar a equilibrar la balanza y reducir la rigidez en las conductas.
Las conductas restrictivas, en ocasiones, sirven como mecanismos de sobrellevar emociones intensas. La ansiedad, el miedo al rechazo social o a perder el control pueden traducirse en comportamientos alimenticios disfuncionales. Pero estas conductas no deben juzgarse con rapidez; en cambio, se recomienda acompañar, preguntar y ofrecer un espacio seguro para hablar y buscar ayuda. La intervención activa y constante, incluso si la respuesta inicial es de rechazo, resulta fundamental para que los menores puedan comprender y reencontrarse con un hábito sano y equilibrado.
La importancia de la participación familiar no puede ser subestimada. La presencia de los padres, la comunicación y el ejemplo cotidiano juegan un papel central. La especialista en salud mental compara esto con otros problemas médicos: la intervención temprana y activa de la familia marca la diferencia en la recuperación. En casos donde la señal de advertencia ha llegado tarde, no hay motivo para perder la esperanza. Reconocer los errores, aprender del proceso y hacer cambios efectivos en la dinámica familiar puede promover hábitos saludables y prevenir recaídas.
Por último, el mensaje que queda claro en el abordaje de estos trastornos es que el camino hacia la recuperación es posible, y que la familia, junto con profesionales especializados, puede ofrecer un apoyo crucial en ese proceso. Fomentar la autocompasión, desmitificar la apariencia física y entender que nadie vale más o menos por su cuerpo ayuda a construir una autoestima sólida y resistente a las presiones externas. La clave está en no bajar la guardia, en estar atentos a las señales y en tomar acción cuando sea necesario, para cuidar de la salud física y emocional de los más jóvenes y facilitar su camino hacia una vida plena y equilibrada.
