

En un rincón discreto del centro de Madrid, donde las tiendas de souvenirs y los comercios asiáticos predominan en la calle Isabel la Católica, se mantiene en pie un taller que parece resistirse al paso del tiempo. A través de una estrecha puerta de madera desgastada con tonalidad verdosa, se descubre un espacio que alberga una tradición familiar que data de principios del siglo XX. Allí trabaja José Luís López Domínguez, un rejillero de 63 años, que continúa con un oficio que ha heredado de generaciones anteriores, manteniendo vivo un arte artesanal que aún tiene su lugar en una era dominada por la producción en masa y el consumismo rápido.
Desde su interior, la escena contrasta con la apariencia exterior del local: las paredes están salpicadas por sillas de mimbre y piezas de madera en proceso de reparación, con un desorden controlado que refleja años de trabajo meticuloso. Sin máquinas modernas, López manipula sus herramientas manuales y un destornillador para remendar rejillas, usando junco, un material elástico que llega desde Asia y que requiere de experiencia y paciencia para moldearlo y repararlo correctamente. Todo en este taller es resultado de habilidades tradicionales, un ejemplo de cómo el tiempo puede detenerse en ciertos oficios cuando hay pasión y dedicación comprometida.
El oficio de rejillero en la familia López es centenario. El primer miembro en dedicarse a esta labor fue su bisabuelo, en 1877. Desde entonces, la saga familiar ha elaborado los asientos y las rejillas de sillas, sillones, cabeceros, sofás y otros muebles. La tradición fue reconocida en 2010, cuando el Ayuntamiento de Madrid les otorgó una placa conmemorativa para celebrar los cien años de vigencia de su taller, que en sus inicios también sirvió como vivienda para la familia. Actualmente, López trabaja en solitario, dedicando alrededor de diez u once horas diarias a mantener esa tradición.
El cambio en el entorno y en la clientela ha sido profundo. Antes, la mayoría de sus encargos provenían de profesionales que solicitaban grandes volúmenes de reparación, como restauraciones de mobiliario para instituciones o negocios. Hoy en día, la mayor parte de sus clientes son particulares que valoran la reparación de sus muebles antiguos. López explica que la tendencia ha cambiado radicalmente: en el pasado, los encargos de un solo profesional podían sumar decenas de sillas, mientras que ahora la demanda proviene de personas mayores de 60 años que desean mantener lo que sus padres dejaron o recuperar piezas dañadas.
Las reservas de López también incluyen clientes destacados como la Casa Real, Moncloa y algunos ministerios, pero la relación con personas reconocidas y clientes habituales es un placer que atesora con entusiasmo. Entre los recuerdos más queridos figura la reparación de piezas de personajes como Lucía Bosé, madre de Miguel Bosé, o Antonio Mingote y Antonio Fraguas, conocidos humoristas y artistas plásticos. Sin embargo, advierte que, con el paso del tiempo, la clientela está en declive y se compone en su mayoría de personas mayores, que prefieren mantener sus bienes en buen estado en lugar de sustituir muebles por opciones desechables y modernas.
El impacto de la globalización y las modas de consumo rápido, representadas por gigantes como Ikea, han afectado considerablemente a su oficio. Para López, la mentalidad de usar y tirar ha llevado a que la gente joven prefiera muebles económicos y desechables, dejando en segundo plano la reparación y el cuidado del mobiliario antiguo. Este fenómeno pone en riesgo la continuidad de oficios tradicionales como el suyo, que dependen del valor de las piezas bien reparadas y de la transmisión de conocimientos manuales.
En términos económicos, López se reconoce a sí mismo como trabajador autónomo, enfrentando días largos en su taller para asegurar su sustento. Aunque goza de la ventaja de un local propio—que le proporciona cierta estabilidad—los gastos como la comunidad de vecinos y el impuesto sobre bienes inmuebles (IBI) gravan su balance financiero. Sus ingresos fluctúan cada mes y, en promedio, rondan los 2.000 euros, dependiendo de la cantidad y dificultad de los trabajos en curso. La mayor parte del tiempo, la reparación de una rejilla puede ser más o menos costosa según su complejidad y duración.
Con la vista puesta en la jubilación, prevista para 2027, López busca un sucesor que pueda continuar con la tradición familiar. Sin embargo, reconoce que su hija, de 16 años, no muestra interés en el oficio, en gran parte por no haber crecido en el taller ni cercanía con la actividad diaria. La decisión de mantener vivo el arte del rejillero ahora recae en un pequeño círculo de expertos que valoran la reparación artesanal, frente a un mercado que cada vez favorece más lo rápido y desechable.
Para López, el futuro del oficio depende de la conciencia social y del valor que la sociedad le siga otorgando a la conservación del mobiliario patrimonial. Mientras haya personas que quieran mantener lo bueno y duradero, siempre existirán quienes aprendan y transmitan estas habilidades. En su opinión, la clave para la supervivencia de estas profesiones tradicionales reside en conservar una mentalidad que aprecie lo que está hecho a mano y en impedir que la cultura del consumo superficial acabe con un legado que, aunque pequeño, es fundamental para la historia y la identidad de muchas familias y comunidades.
