

Viajar en avión de larga duración no solo implica llegar de un destino a otro en cuestión de horas, sino que también somete al cuerpo a una serie de efectos que, si bien en vuelos cortos pueden parecer leves, en trayectos extensos terminan por transformar la experiencia en un reto físico y mental para millones de pasajeros.
La altura y la presión del aire en cabinas presurizadas a altitudes que oscilan entre 1.800 y 2.400 metros sobre el nivel del mar causan cambios que afectan diferentes funciones corporales. Uno de los efectos más notorios es la alteración en la presión en los oídos y los senos paranasales. La caída de la presión puede generar molestias, dolores e incluso dolores de cabeza, recomendaciones que suelen ser conocidas pero que, en la práctica, no siempre se siguen para aliviar el malestar. Expertos sugieren el uso de descongestionantes y mantenerse bien hidratado como medidas preventivas frente a estas sensaciones incómodas.
Por otra parte, el sistema digestivo también sufre las consecuencias de estar muchas horas sentado en una postura fija. La acumulación de gases en el estómago, junto con la ralentización de la digestión, puede causar hinchazón y malestar. La recomendación general es optar por comidas ligeras y evitar ingerir grandes cantidades de alcohol o cafeína, que pueden agravar la deshidratación y el malestar intestinal.
El sueño y la fatiga son otros aspectos que se ven afectados por las condiciones del vuelo. La baja concentración de oxígeno en la cabina, que simula una altitud superior a los 1.800 metros, provoca una reducción en la absorción de oxígeno por parte del organismo, generando somnolencia, sensación de cansancio e incluso dificultad para concentrarse. Además, los cambios en los patrones horarios, especialmente cuando los vuelos cruzan varias zonas horarias, generan un fenómeno conocido como jet lag, que altera el reloj biológico y puede afectar el estado de alerta, el rendimiento cognitivo y el ánimo en general.
El ruido constante, la cercanía con otros pasajeros y la sensación de encierro también aportan a un aumento en los niveles de estrés y ansiedad. La oficina de salud recomienda que durante el vuelo, además de hidratarse, los pasajeros traten de moverse por el pasillo cada cierto tiempo, hacer estiramientos sencillos y, si es posible, usar medias de compresión para reducir el riesgo de coágulos sanguíneos. La trombosis venosa profunda, que puede parecer lejana en la imaginación, es una complicación potencialmente grave que en vuelos prolongados está relacionada con la inmovilidad y la presión en las piernas, pudiendo desencadenar embolias pulmonares.
Otro aspecto constante en estas experiencias es la sequedad del aire. La humedad en la cabina suele ser muy baja, lo que provoca que la piel se reseque, al igual que los ojos y la boca. La irritación ocular, la visión borrosa y la sequedad bucal son molestias comunes, por lo que se recomienda el uso de lágrimas artificiales y beber agua con frecuencia para mantener la hidratación. La piel, especialmente en personas con afecciones previas como psoriaris o eccema, puede presentar agrietamiento y empeoramiento de los síntomas.
El impacto en el cuerpo también se refleja en las articulaciones y músculos. La falta de movimiento prolongada, combinada con el espacio reducido en los asientos, favorece la rigidez muscular y puede provocar molestias en la espalda, el cuello y las extremidades inferiores. La postura encorvada y mantenida en el asiento puede, además, agravar problemas cervicales o lumbares, y generar inflamaciones que, si no se atienden, pueden volverse frecuentes en vuelos recurrentes.
Por último, no hay que olvidar que viajar en avión implica también una exposición a radiación cósmica, cuyo nivel aumenta con la duración del vuelo y la altitud. Aunque para la mayoría de los pasajeros ocasionales este riesgo es bajo, en casos de vuelos muy prolongados o personas con condiciones de salud específicas, puede considerarse un factor adicional a tener en cuenta, sobre todo si hay antecedentes de riesgo por cáncer o problemas reproductivos.
En definitiva, el viaje en avión de larga duración impacta diversas funciones del organismo. La clave está en informarse, seguir recomendaciones simples y adoptar hábitos que permitan mitigar las molestias, desde mantenerse en movimiento hasta cuidar la hidratación y la alimentación. Viajar no solo es un traslado, sino también una experiencia que, si bien muchas veces es sinónimo de aventura, requiere atención y cuidado para que la salud no quede en pausa mientras el avión cruza continentes y horas en el aire.
