
Recientemente, la policía de la Ciudad de Buenos Aires llevó a cabo un operativo en el barrio de Caballito que terminó con la detención de un camionero paraguayo, sospechoso de transportar una sustancia ilícita de gran valor. Lo que los agentes descubrieron fue un cargamento de aproximadamente 400 litros de ketamina líquida ocultos en uno de los tanques del vehículo, que se estima tiene un valor en el mercado ilegal cercano a los 1,5 millones de dólares.
El incidente ocurrió alrededor de las 14 horas en Avenida Alberdi, donde los oficiales notaron la presencia de un camión marca Scania estacionado en doble fila, con matrícula paraguaya. La actitud del conductor, acompañado por otra persona en el lugar, despertó sospechas. Tras una inspección minuciosa, los investigadores identificaron que la droga estaba escondida en uno de los tanques del camión, lo que confirmó las alertas y condujo a la aprehensión del conductor.
La ketamina, conocida principalmente como un anestésico en ámbitos médicos y veterinarios, ha visto aumentar su uso y comercio clandestino en todo el mundo. Aunque en medicina se utiliza en contextos específicos, su consumo recreativo ha crecido exponencialmente, generando graves riesgos para la salud física y mental de quienes la emplean en ámbitos no controlados. Según datos de Harvard Health, la ketamina es una sustancia disociativa, que altera la percepción y puede producir estados de desconexión profunda con la realidad. Los usuarios experimentan cambios en su percepción del entorno, sensación de disolverse en la realidad o sentir que están completamente desconectados, en ocasiones manifestándose en estados de profundo trance conocidos como “agujero k”.
Este incremento en su consumo ilícito ha motivado alertas por parte de distintas instituciones sanitarias. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) señala que la ketamina, si bien está aprobada para su uso en anestesia y para ciertos trastornos psiquiátricos con formulaciones específicas, en su versión ilegal presenta riesgos importantes cuando se combina con otras drogas o se ingiere en dosis elevadas sin supervisión médica. Los efectos adversos a corto plazo incluyen dolor de cabeza, mareos, náuseas, alteraciones en la articulación del habla, aumento de la presión arterial y del ritmo cardíaco. La combinación con opioides o GHB puede derivar en depresiones respiratorias potencialmente mortales.
Los informes de centros de control de intoxicaciones en Estados Unidos revelan un aumento considerable en los incidentes relacionados con el consumo de ketamina en los últimos años. Entre 2019 y 2021, dichos eventos aumentaron en un 81%. La mayor parte de las complicaciones graves están vinculadas a su uso junto con otras sustancias, lo que multiplica los riesgos de daño físico y mortalidad.
Además de los riesgos neurológicos y cardiovasculares, el uso prolongado o en dosis elevadas puede generar problemas de memoria, episodios de depresión, ansiedad e incluso psicosis. Secuelas que, en muchos casos, persisten durante semanas o meses tras dejar la sustancia. La dependencia física y psicológica también se ha reportado, caracterizando a la ketamina como una droga con potencial adictivo cuando se usa de forma recreativa.
En el plano físico, los daños no se limitan al sistema nervioso. La tales afecciones urológicas —como «k-cramps», dolor y lesiones vesicales— están cada vez más relacionadas con el abuso de esta sustancia. La llamada uropatía inducida por ketamina, que se manifiesta con síntomas similares a infecciones urinarias, puede en casos crónicos provocar lesiones vesical de gravedad, afectando significativamente la calidad de vida de quienes la padecen.
A pesar del interés en los posibles usos médicos, la realidad indica que la ketamina consumida fuera de controles estrictos implica un alto riesgo de daño. La propia FDA advierte sobre sus efectos secundarios graves y sobre los peligros de combinarlas con otras sustancias, como los opioides, que agravan los riesgos respiratorios. La comunidad científica continúa investigando y discutiendo sobre las potenciales aplicaciones terapéuticas de la ketamina, pero enfatiza que la versión ilícita de la droga sigue siendo peligrosa, con efectos adversos que superan ampliamente sus posibles beneficios médicos, si es que estos existen en contextos no controlados.
