En tiempos de escasez de agua, un jardinero italiano pidió al cielo la preciada lluvia, pero lo que recibió fue una tormenta furiosa, plasmando su decepción en una frase que se convirtió en proverbio: “S’intende acqua, non tempestà”. Este adagio es una de las muchas entradas que se encuentran en la colección «Menagiana, ou bons mots, rencontres agréables, pensées judicieuses et observations curieuses» de Gilles Ménage, un lexicógrafo miembro de la Academia Francesa. La obra, publicada en 1694 en Ámsterdam debido a una posible censura en Francia, forma parte de una tradición literaria de recopilar pensamientos, observaciones y anécdotas atribuidas a personalidades literarias y filosóficas de la época, conocidas como «anàs». Estos volúmenes, cuya producción se acentuó durante los siglos XVII y XVIII, siguen siendo ejemplos de la rica tradición literaria europea que mezclaba ingenio y pensamiento crítico, a menudo señalando las diferencias culturales en el humor entre países.
Estos «anàs» no solo ofrecían ingenio sino también una crítica mordaz, como se observa en las invectivas contra figuras históricas francesas como Juana de Arco. A través de tales relatos, incluidos chistes misóginos hoy inaceptables, estos textos reflejaban las normas sociales y el pensamiento de sus tiempos. A pesar de su valor cultural, muchos de estos libros han quedado relegados por la evolución literaria que en los últimos dos siglos ha favorecido géneros más contemporáneos. Autores como Thomas Mann y los literatos catalanes citados, aunque fueron fundamentales, en la actualidad ven su obra desatendida en comparación. Sin embargo, antologías como la de Ménage nos recuerdan una época en la cual el ingenio y la reflexión cuidada aún resonaban, ofreciendo perspectivas que, aunque ancladas en su contexto, invitan a revisar críticamente nuestro propio canon literario presente.
Leer noticia completa en El Pais.
