

La protección contra incendios ya no se resuelve en la última fase del proyecto. El sector de la edificación lleva años desplazando esa decisión hacia el inicio del diseño, donde se eligen materiales, se trazan recorridos de evacuación y se definen sectores estancos. La empresa sevillana Erpisa, especializada en protección pasiva, lo planteaba en términos parecidos en una nota recogida por Levante-EMV: integrar la seguridad desde el plano sale más barato y funciona mejor que añadirla después.
Detrás de ese cambio hay dos motores. Uno normativo: el Código Técnico de la Edificación, en su Documento Básico de Seguridad en caso de Incendio (CTE DB-SI), exige niveles de resistencia y reacción al fuego que condicionan la elección de cada material desde el primer croquis. El otro es práctico: rehabilitar un edificio para sectorizarlo o ignifugarlo a posteriori cuesta varias veces más que dejarlo previsto en obra nueva.
La protección activa —detección, rociadores, extintores, hidrantes— es la parte visible. La pasiva, en cambio, es estructural: depende de la geometría del edificio, de los muros, de las puertas y de los pasos de instalaciones. Su función es ganar tiempo. Ese tiempo es el que permite que las personas salgan y que los servicios de emergencia entren con margen para actuar.
En la región, la apuesta por estas soluciones se ha visto reforzada con iniciativas concretas, como la incorporación de nuevos recubrimientos en edificios de la Comunidad de Madrid, donde la administración ha sustituido revestimientos convencionales por capas de mayor resistencia térmica. Es un ejemplo de cómo la decisión técnica se traslada al parque construido y no solo a la obra nueva.
La sectorización es el primer principio del diseño pasivo. Consiste en dividir el inmueble en compartimentos de superficie limitada que un incendio no pueda atravesar durante un tiempo determinado, normalmente entre 60 y 120 minutos. Esos compartimentos se separan con muros, forjados y puertas certificadas con clasificación EI (estanqueidad e integridad).
El detalle crítico no son los muros, sino las juntas. Cualquier paso de tubería, cable o conducto de ventilación rompe la sectorización si no se sella con productos cortafuegos homologados. Por eso una compartimentación bien diseñada en plano puede quedar inutilizada en obra si la coordinación con instalaciones falla.
Para estructuras metálicas, la solución habitual son las pinturas intumescentes: en contacto con el calor se expanden y forman una capa aislante que retrasa el colapso. Para hormigón, los morteros proyectados ignífugos. Para madera laminada, tratamientos en autoclave o barnices retardantes. Cada material tiene su clasificación europea de reacción al fuego (A1, A2, B, C, D, E, F), que indica cuánto contribuye a la propagación de las llamas y al humo.
El sector de la fachada y la ventana también está afectado por estas exigencias. La Asociación Española de Fabricantes de Fachadas Ligeras y Ventanas (ASEFAVE) dedica buena parte de sus debates técnicos a estas cuestiones, en paralelo a las de eficiencia energética. La fachada es un elemento clave porque puede convertirse en vía de propagación vertical entre plantas si no se ejecuta con materiales y juntas adecuados.
Una protección pasiva mal mantenida deja de cumplir su función mucho antes de la vida útil del edificio. Los sellados cortafuegos se deterioran con vibraciones, humedad o cambios de instalación. Las puertas EI pierden eficacia cuando se cuñan abiertas o se sustituyen sus cierres por modelos no certificados. Las pinturas intumescentes pueden quedar tapadas por nuevas capas de pintura decorativa que anulan su reacción.
De ahí la insistencia del sector en la formación técnica y en revisiones periódicas documentadas. La sectorización solo funciona si el edificio se mantiene tal y como se proyectó, y eso obliga a que la propiedad asuma su parte de responsabilidad durante toda la vida útil del inmueble. Es la diferencia entre una medida sobre el papel y una medida operativa el día que hace falta.
La protección activa actúa cuando ya hay fuego: rociadores, detectores, extintores, columnas secas. La pasiva está integrada en la construcción y funciona aunque no haya nadie operándola: sectores cortafuegos, revestimientos ignífugos, puertas EI y materiales de baja reacción al fuego.
El Código Técnico de la Edificación, en su Documento Básico DB-SI, fija los requisitos para edificios de uso residencial, sanitario, docente, comercial, administrativo y de pública concurrencia. Para industria existe un reglamento específico, el RSCIEI.
Indica que esa puerta mantiene la estanqueidad (E) y el aislamiento térmico (I) frente al fuego durante 60 o 120 minutos en ensayo normalizado. Cuanto mayor es la cifra, más tiempo aguanta separando un sector incendiado del contiguo.
La instalación debe ser realizada por aplicadores acreditados por el fabricante del sistema y verificada por la dirección facultativa del proyecto. Los productos deben contar con marcado CE y declaración de prestaciones según las normas europeas de la serie EN 13501.
El RIPCI (Reglamento de Instalaciones de Protección contra Incendios) marca revisiones anuales o quinquenales según el tipo de sistema y el uso del edificio. Para protección pasiva, las inspecciones suelen incluir el estado de sellados cortafuegos, puertas EI y revestimientos.
