Irene de Grecia y Dinamarca, la princesa conocida por su carácter singular y su influyente linaje real, falleció a los 83 años en el Palacio de la Zarzuela, Madrid. Hermana de la reina Sofía y tía del rey Felipe VI, su muerte pone fin a una vida llena de peculiaridades y compromisos humanitarios. A pesar de las numerosas conexiones con las realezas europeas, su vida estuvo marcada por un papel discreto en la realeza, despojándose de lujos y dejando a un lado el matrimonio o la maternidad para dedicarse a causas más personales y altruistas. A lo largo de su vida, sufrió un deterioro cognitivo severo, y pasó sus últimos días acompañada por la reina Sofía, quien permaneció a su lado tras renunciar a sus compromisos oficiales para cuidar de su hermana.
Con una infancia durante el exilio de la familia real en Sudáfrica debido al nazismo, su vida estuvo marcada por la resiliencia y adaptabilidad. Tras regresar a Grecia y experimentar los embates políticos que llevaron a varios exilios, primero en Roma y luego en India, Irene canalizó su pasión por la música y arqueología, y desarrolló un profundo interés en el esoterismo y la filantropía. Fundó «Mundo en Armonía», organización que persiguió la redistribución de excedentes de alimentos hacia países necesitados, destacando su esfuerzo por trasladar ganado desde Europa a la India para evitar sacrificios innecesarios. Su vida también estuvo marcada por la causa animalista y un fervor espiritual que la llevó al veganismo. Incluso después de asumir y combatir un cáncer de mama con valor, Irene sostuvo su filosofía de apreciar la vida más allá de las limitaciones mundanas, dejando un legado de rebeldía y amor hacia las causas sociales y humanitarias.
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