El sueño se presenta como una entidad casi palpable, algo que se adhiere al cuerpo con la misma presencia que un objeto físico. Su descripción llega a asemejarlo a una pequeña figura dorada, sonriente y bondadosa, que encierra una paradoja en su esencia: es a la vez una carga y un confort. Esta dualidad hace que el sueño esté rodeado de un aura mágica y única, un fenómeno que, en ocasiones, resulta tan irresistible que puede superar la consciencia de quien lo experimenta.
El carácter ameno y seductor del sueño no solo lo convierte en un elemento fundamental del bienestar humano, sino que también subraya su importancia en el ritmo diario de las personas. La imagen de una «barriga» que muestra con orgullo su redondez sugiere plenitud y satisfacción, una promesa de descanso profundo y revitalizador. Este simbolismo resalta el deseo humano de entregar la vigilia a cambio de sumergirse en ese mundo etéreo y dorado, donde las preocupaciones pierden peso y la tranquilidad se vuelve tangible.
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