

La escalada de violencia en Oriente Próximo, detonada por el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha desencadenado una crisis que amenaza con convertirse en la más grave para el comercio internacional desde la pandemia de COVID-19. La tensión en una región clave para la economía global no solo afecta los conflictos políticos y militares, sino que también tiene repercusiones directas en las cadenas de suministro, los precios de las materias primas y la estabilidad de los mercados energéticos y logísticos.
El área de Oriente Próximo es uno de los centros neurálgicos en la producción y exportación de petróleo, gas y productos químicos, recursos fundamentales para la industria europea y española. La región provee cerca de un tercio de las exportaciones mundiales de urea, fertilizante indispensable en la agricultura sostenible, y sus principales productores, como Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos, se encuentran en una posición privilegiada en el comercio de materias primas industriales y energía. La perturbación en la producción y transporte de estos bienes afecta de manera directa a sectores como la química, la metalurgia, la automoción y la agricultura en Europa.
Asimismo, el conflicto ha provocado una notable reducción en el tráfico marítimo por el canal de Suez, que desde finales de 2023 ha disminuido en un 50% debido a ataques de grupos hutíes en el mar Rojo. La consecuencia ha sido un aumento en los costes logísticos y en los plazos de entrega, con desvíos hacia rutas más largas por el cabo de Buena Esperanza, sumando alrededor de 6.500 kilómetros y prolongando los tiempos en 10 a 15 días. Esto impacta especialmente en mercancías de bajo valor unitario, como cereales, fertilizantes, textiles y productos electrónicos, que son esenciales para el consumo español y europeo.
Europa, pese a los esfuerzos por diversificar su matriz energética y reducir su dependencia de Rusia, se encuentra vulnerable a la inestabilidad de los mercados internacionales. Países como Polonia, Eslovaquia y Lituania figuran en la lista de las naciones más sensibles a las variaciones en los precios energéticos, mientras que Alemania y Francia mantienen una posición relativa más estable, aunque no exenta de riesgos. España, en particular, ha incrementado sus importaciones de gas natural licuado y ha diversificado sus fuentes energéticas tras la crisis en Ucrania, pero sigue dependiendo de los mercados globales para asegurar su abastecimiento, en un contexto de alta volatilidad y precios en alza.
El impacto del conflicto también se traslada a la industria química y metalúrgica, que requiere insumos energéticos y materias primas importadas de Oriente Próximo. La escasez y el encarecimiento de estos recursos afectan a sectores estratégicos, incluida la automoción y la alimentación, y representan un obstáculo adicional a la recuperación económica tras la crisis energética derivada de la invasión rusa a Ucrania. Además, la vulnerabilidad en los pasos clave de comunicación entre Europa y Asia, como el estrecho de Ormuz y el canal de Suez, agrava la situación, complicando el comercio internacional y elevando los costes de transporte.
Por otra parte, la situación eleva el protagonismo de hubs logísticos en Oriente Medio, como Dubái y Doha. En 2024, el aeropuerto de Dubái alcanzó los 92 millones de pasajeros, consolidándose como el segundo más transitado del mundo y principal centro de tráfico internacional, mientras que el aeropuerto de Doha acercó sus cifras a los 53 millones. Estos centros se han convertido en puntos esenciales para la reconfiguración de las rutas de tráfico y de viajeros en un escenario de posibles restricciones y alteraciones en los flujos mundiales. En caso de que la violencia persista o se intensifique, los flujos aéreos y turísticos podrían redirigirse hacia Europa, como ocurrió durante episodios anteriores de inestabilidad en la región, afectando la movilidad y el turismo europeo y español.
El peso estratégico de Oriente Próximo en la economía mundial, unido a su papel como proveedor de bienes intermedios y recursos energéticos, hace que cualquier conflicto en la zona tenga un efecto dominó en los precios internacionales, la disponibilidad y la estabilidad de los mercados. La vulnerabilidad de las cadenas de suministro y el creciente costo de insumos esenciales ponen en evidencia la importancia de diversificar las fuentes y fortalecer las reservas, aunque la situación actual evidencia que la economía europea, incluyendo la española, sigue siendo vulnerable a las convulsiones de una región en constante tensión.
