

En la frenética búsqueda de progreso tecnológico, las empresas líderes en inteligencia artificial generativa están desatando una carrera no solo por alcanzar modelos más sofisticados, sino por una expansión en términos de infraestructura y consumo energético que redefine los límites del consumo global de recursos. El epicentro de esta transformación se encuentra en las metas ambiciosas de OpenAI, que, según un supuesto memorando interno, pretende llegar a una capacidad computacional instalada de 250 gigavatios (GW) para el año 2033. Este objetivo plantea un desafío logístico monumental que, de concretarse, consumiría el equivalente a toda la electricidad que actual demanda India.
La posible materialización de este plan traduciría a emisiones de carbono capaces de duplicar la huella anual de ExxonMobil, el mayor emisor privado de CO₂. Tal despliegue requiere una infraestructura energética que no existe aún, llevando a reconfigurar redes eléctricas, agua y sistemas de refrigeración a nivel global, presentando una carga casi constante las 24 horas del día durante todo el año.
Para sostener esta expansión masiva, OpenAI necesitaría alrededor de 60 millones de GPUs Nvidia GB300 trabajando paralelamente, implicando la fabricación y despliegue de 30 millones de unidades anuales. Esto no solo destaca la complejidad del desafío logístico, sino sugiere la creación de al menos diez plantas de semiconductores de la magnitud de “Fab 25”, en Taiwán, que no solo enfrentan problemáticas de suministro sino potenciales conflictos ambientales y sociales.
En Taiwán, el impacto de estas fábricas ya es tangible: Fab 25 podría consumir el 7% del agua de la ciudad de Taichung, poniendo en riesgo los recursos hídricos en una región que enfrenta sequías constantes. Además, el uso intensivo de energías fósiles y químicos de alto potencial de calentamiento amenaza con elevar significativamente las emisiones de carbono.
El modelo expansivo también se refleja en Corea del Sur, donde Samsung planea un mega-clúster de fábricas que podría consumir más de la mitad del agua de Seúl y una porción significativa del suministro energético del país. En Estados Unidos, bajo el marco del CHIPS Act, se espera la creación de más de veinte plantas de semiconductores que no están exentas de preocupaciones ambientales y de salud por el uso de químicos como los PFAS y el volumen de residuos tóxicos generados.
Más allá de los impactos inmediatos, el desarrollo sostenido de la inteligencia artificial plantea exigencias mineras que multiplicarán la demanda de minerales críticos como el níquel y las tierras raras. Esta necesidad potencia la apertura de nuevas minas en áreas ecológicamente sensibles, afectando la biodiversidad y sumideros de carbono.
En un contexto global donde las promesas de sostenibilidad chocan con los imperativos del progreso tecnológico, la pregunta crítica que emerge es: ¿cuánta inteligencia artificial adicional puede permitirse el planeta sin comprometer su equilibrio? El proceso de expansión tecnológica en la inteligencia artificial no solo dependerá de lo que la tecnología pueda lograr, sino de lo que las sociedades y reguladores estén dispuestos a aceptar en términos de impacto ambiental, salud y recursos naturales.
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