Hace cinco años, en pleno confinamiento por la pandemia del COVID-19, se planteó la cuestión de eliminar los besos de cortesía, una práctica social profundamente arraigada en muchas culturas. No se trataba solo de una medida de salud pública para evitar la propagación del virus, sino de un llamado a replantearnos ciertas costumbres consideradas anacrónicas. Durante ese tiempo, el debate sobre los protocolos de saludo cobró relevancia, poniendo en tela de juicio la necesidad de mantener una tradición que algunos ya calificaban de obsoleta e incluso odiosa, al margen del contexto pandémico.
Hoy, a cinco años de estas discusiones, las normas sociales han evolucionado significativamente. Muchas personas han adoptado nuevas formas de saludo que van desde el gesto de namasté hasta el simple intercambio verbal, eliminando el contacto físico. Este cambio ha sido un reflejo del deseo colectivo de priorizar la salud y redefinir las interacciones sociales. Aunque el regreso a la normalidad ha permitido retomar algunos hábitos, el cuestionamiento sobre la pertinencia de los besos de cortesía persiste, evidenciando un cambio en la percepción de las normas sociales pre-pandemia. Esta transformación cultural invita a reflexionar sobre la evolución de las costumbres en respuesta a crisis globales y su impacto duradero en la sociedad.
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