La elección de la nomenclatura para partidos políticos ha sido tradicionalmente acorde a sus nombres oficiales, como sucede con el PSOE o el PP. Sin embargo, el caso de Vox destaca por su singularidad: sus siglas no son un acrónimo, sino un término latino que se traduce como «voz». Este nombre fue concebido para articular las inquietudes de un sector de la ciudadanía que sentía que sus valores no estaban adecuadamente representados en las instituciones políticas.
El diseño e identidad visual de Vox fueron obra del consultor de comunicación José Gil-Nogués, quien propuso el nombre y creó el emblemático logotipo de la formación en un vibrante color verde. Un comité integrado por figuras clave del partido, como Santiago Abascal y Alejo Vidal-Quadras, validó la elección, buscando un nombre que fuese breve, sonoro y que no requiriera de un acrónimo, estableciendo así un distintivo que resonara con sus seguidores y los diferenciara en el panorama político.
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