

El dolor de garganta está entre los motivos de consulta médica más habituales, pero la causa que lo provoca no siempre es la misma. Faringitis, amigdalitis, alergias, reflujo gastroesofágico o la simple irritación por humo pueden generar molestias similares que requieren abordajes distintos. Saber identificar el origen marca la diferencia entre un tratamiento eficaz y una medicación errónea que complique la recuperación.
La faringitis afecta la pared posterior de la garganta y se manifiesta con ardor, sequedad y dolor al tragar, a veces acompañado de tos leve o malestar general. La amigdalitis, en cambio, implica inflamación de las amígdalas y puede presentar signos más visibles: enrojecimiento, hinchazón, placas blancas o amarillas, fiebre y dificultad para tragar.
Ambas son, en la mayoría de los casos, de origen vírico, vinculadas a resfriados, gripe o COVID-19. Se resuelven en pocos días con reposo, hidratación y analígesicos. Cuando la causa es bacteriana, habitualmente el estreptococo, un profesional puede confirmar el diagnóstico y valorar si procede el tratamiento antibiótico. Automedicarse sin ese paso previo no solo retrasa la recuperación, sino que contribuye a la resistencia antimicrobiana.
No todo dolor de garganta responde a una infección. Las alergias, el reflujo gastroesofágico, la exposición prolongada a humo o a ambientes secos, y el abuso de la voz generan inflamación persistente que los antibióticos no van a resolver. En estos casos el tratamiento pasa por controlar o eliminar el factor desencadenante: antihistamínicos para las alergias, cambios en la dieta y postura para el reflujo, o simplemente evitar el irritante.
La distinción entre un cuadro infeccioso y uno no infeccioso no siempre es evidente sin exploración clínica. Un médico puede observar la faringe, palpar los ganglios del cuello y, si es necesario, solicitar una prueba rápida de estreptococo para orientar el diagnóstico en minutos. El Ministerio de Sanidad recuerda periódicamente la importancia de no automedicarse con antibióticos ante infecciones respiratorias sin diagnóstico previo.
Hay síntomas que no deben esperar. Fiebre alta que no cede, dificultad grave para respirar o tragar, una amígdala notablemente más grande que la otra, o una inflamación que no mejora pasada una semana son motivos para buscar atención médica sin demora. La asimetría en las amígdalas puede indicar un absceso periamigdalino, complicación que requiere drenaje y, a veces, ingreso hospitalario.
Los ganglios del cuello inflamados son habituales en cualquier proceso infeccioso leve, pero si persisten más de dos o tres semanas o aparecen sin dolor de garganta asociado conviene descartar otras causas. La atención temprana reduce el riesgo de complicaciones y permite un tratamiento dirigido desde el primer momento. Para quienes no cuentan con cobertura total, centros como el Centro Alcume ofrecen becas para acceder a atención especializada en Madrid.
Solo cuando la causa es bacteriana, confirmada por un profesional, habitualmente mediante prueba rápida de estreptococo o cultivo. La mayoría de los casos son víricos y no responden a los antibióticos.
La faringitis afecta la pared posterior de la garganta; la amigdalitis, las amígdalas. Esta última suele presentar síntomas más marcados: fiebre más alta, placas y mayor dificultad para tragar. Ambas pueden ser virales o bacterianas.
Sí. El ácido del estómago que asciende irrita la mucosa de la faringe y puede provocar carraspera, sensación de nudo o dolor persistente sin que exista infección. El tratamiento se centra en cambios dietarios y de postura, y en fármacos para reducir la acidez.
Dificultad grave para respirar o tragar, fiebre muy alta que no cede, asimetría notable entre las amígdalas, ganglios cervicales muy inflamados o síntomas que no mejoran en más de una semana. Cualquiera de estos signos requiere valoración médica sin demora.
Fuente: Infobae Salud
