

Con el fin del año acercándose rápidamente, las celebraciones tradicionales suelen llenarse de alegría y un toque de emoción, pero también traen consigo ciertos riesgos que a menudo pasamos por alto en medio del entusiasmo. Uno de los protagonistas indiscutidos de estas festividades son los fuegos artificiales, cuyo brillo en el cielo y sus estruendosos sonidos generan un espectáculo visual y sonoro que a muchos les encanta. Sin embargo, detrás de esa belleza efímera hay aspectos que merecen atención, especialmente en lo que respecta a la salud y el bienestar tanto de las personas como de los animales y el medio ambiente.
Las detonaciones de pirotecnia, con niveles de ruido que en algunos casos superan los 150 decibelios, representan un peligro considerable para la salud humana. Incluso exposiciones breves a estas concentraciones de sonido pueden producir molestias, daño auditivo, zumbidos —comúnmente conocidos como acúfenos—, y en ciertos casos, crisis de pánico o alteraciones en el sueño. Los niños, los adultos mayores y las personas con trastornos sensoriales, como las personas con autismo o enfermedades neurocognitivas, son particularmente vulnerables. Para ellos, las explosiones súbitas y estruendosas pueden desencadenar estados de angustia, episodios de autoagresión o crisis emocionales, trastocando la rutina familiar y haciendo que un día festivo se convierta en una fuente de sufrimiento y temor.
Además, la participación en estas tradiciones no está exenta de riesgos físicos y ambientales. Los residuos de productos pirotécnicos contienen sustancias químicas peligrosas, como perclorato, litio y metales pesados como aluminio, que además de generar contaminación en el suelo, pueden causar irritación ocular, problemas respiratorios y lesiones en la piel en las personas expuestas. El olor característico tras una explosión proviene precisamente de estos compuestos, que si bien producen un espectáculo visual, son altamente tóxicos para la salud y el entorno.
El impacto ambiental también es profundo. La contaminación provocada por los residuos de fuegos artificiales afecta a la fauna silvestre y a los animales domésticos, que presentan reacciones como palpitaciones, sed, temblores y deseos de escapar en su intento de huir del ruido y la luz. Los perros y gatos, con un sentido auditivo mucho más desarrollado que el humano, sufren episodios intensos de estrés, a menudo tratando de esconderse o intentando escapar, lo cual puede derivar en lesiones o accidentes. Los caballos y otras especies de animales de granja también pueden reaccionar de manera descontrolada, lesionándose al intentar huir o golpeándose contra cercas y objetos cercanos. Incluso las aves, en su desesperación por escapar, pueden chocar contra ventanas o postes, poniendo en riesgo su vida.
En la misma línea, las dudas sobre la conveniencia y seguridad del uso de la pirotecnia en estas fechas no son solo una cuestión de conciencia ambiental, sino también de respeto y empatía hacia quienes sufren estas situaciones. La protección de la salud mental y física de quienes nos rodean debe ser prioridad. Para ello, pequeñas acciones pueden marcar la diferencia: usar protección auditiva en niños y bebés, brindar contención emocional con cariño, priorizar ambientes tranquilos para las personas que lo necesiten y, en la medida de lo posible, optar por alternativas seguras y responsables para celebrar.
Desde la perspectiva de la salud, la recomendación es clara: evitar los fuegos artificiales y pirotecnia comercial siempre que sea posible. La manipulación por adultos responsables, siguiendo estrictamente las instrucciones del fabricante, es fundamental para prevenir accidentes. Sin embargo, muchos expertos coinciden en que la mejor opción es buscar formas de celebración que no impliquen riesgos o daños. La creatividad y la solidaridad pueden llenar los espacios vacíos de pirotecnia, promoviendo actividades que respeten la vida, la salud y el medio ambiente.
En definitiva, celebrar con conciencia y respeto no solo garantiza unas fiestas seguras, sino que también ayuda a promover una cultura de cuidado y empatía hacia quienes compartimos este planeta, recordándonos que las tradiciones más bellas son aquellas que podemos disfrutar sin causar daño ni a nosotros mismos ni al entorno que nos rodea.
