El 28 de diciembre de 1895 marcó un momento crucial en la historia del cine cuando los hermanos Lumière presentaron el cinematógrafo en París, en el Salón Indien del Grand Café del Boulevard des Capucines. Allí, Georges Méliès, un mago e ilusionista con visión para el potencial artístico del cine, asistió al evento y quedó fascinado por las posibilidades del nuevo invento. Méliès, propietario del teatro Robert-Houdin, incorporó rápidamente el cinematógrafo a sus funciones, fundando la base para lo que se convertiría en el cine moderno. Su creativo uso de proyecciones, magia y humor cautivó al público durante la Exposición Universal de 1900 en París, señalando el inicio de una nueva era para el entretenimiento visual. En un ambiente donde las proyecciones eran piezas breves acompañadas de música y narraciones, el cine encontró en los feriantes un poderoso aliado para su difusión masiva.
Apenas unos años después, el 1 de septiembre de 1902, Méliès rodó el primer largometraje de la historia, «Voyage dans la Lune». Inspirada libremente en la obra de Julio Verne, «De la Tierra a la Luna», la película de más de doce minutos rompió con las convenciones de los cortos de la época, integrando efectos especiales innovadores con un relato de ciencia ficción fresco y humorístico. A pesar de la reticencia inicial de los distribuidores por la duración del filme, su eventual éxito cimentó el estatus de Méliès como pionero del séptimo arte. «Voyage dans la Lune», rodado en un estudio peculiarmente adaptado de un invernadero, combinó elaborados escenarios y vestuarios con talento artístico de la época, logrando lo que se considera hoy una epifanía visual que encapsula la magia y audacia del cine de principios del siglo XX.
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