

Este 26 de diciembre se cumplen 34 años desde que la Unión Soviética dejó de existir oficialmente. La fecha no se recuerda por una batalla ni por una derrota militar, sino por un acto institucional: el cierre formal de un Estado que llevaba meses desmoronándose, mientras el planeta observaba cómo el orden de la Guerra Fría se quedaba sin uno de sus dos pilares.
La disolución de la URSS fue, a la vez, un final y un inicio. Terminó una superpotencia construida sobre una economía planificada, un partido único y una arquitectura federal que, en los últimos años, ya no podía sostenerse. Y comenzó un periodo que marcaría las décadas siguientes: la expansión de la globalización, la reconfiguración de Europa, la transformación de Rusia, y el salto tecnológico que haría que el poder global empezara a medirse también en redes, datos y cadenas de suministro.
La caída de la URSS suele resumirse con una imagen: Mijaíl Gorbachov dimitiendo el 25 de diciembre de 1991. Ese día anunció su renuncia a la presidencia soviética y reconoció que la unión, tal y como había existido, ya no era viable. Pero el cierre legal definitivo llegó al día siguiente, el 26 de diciembre, cuando el Soviet Supremo certificó la desaparición del Estado soviético.

La secuencia importa porque refleja el tipo de derrumbe: no fue un golpe instantáneo, sino una pérdida progresiva de control, legitimidad y cohesión. En paralelo, repúblicas que formaban parte de la URSS declaraban independencia o exigían soberanía real, y el poder en Moscú quedaba reducido a una estructura sin capacidad de imponer una salida común.
La Unión Soviética había sido capaz de industrializarse, proyectar poder y competir durante décadas con Estados Unidos. Fue clave en la derrota del nazismo y protagonizó la carrera espacial. Sin embargo, bajo esa potencia existía una contradicción que se hizo insostenible con el tiempo: un sistema rígido, burocrático y con dificultades crecientes para innovar y responder a las necesidades de consumo y bienestar de la población.
A finales del siglo XX, el coste de mantener el equilibrio interno se disparó. La economía sufría estancamiento; la productividad no crecía al ritmo necesario; el modelo se apoyaba en sectores estratégicos y en la capacidad de controlar el relato público. Cuando la sociedad empezó a percibir que la promesa de prosperidad y estabilidad se deshacía, el pegamento ideológico dejó de funcionar como antes.
La llegada de Gorbachov al poder en 1985 abrió una etapa decisiva. Su estrategia buscaba reformar para preservar. La perestroika pretendía reestructurar una economía que ya no rendía; la glasnost introdujo una apertura informativa y política inédita en décadas.

La paradoja fue que esa apertura, diseñada para modernizar el sistema, también lo expuso. Salieron a la luz problemas ocultos, frustraciones acumuladas y conflictos nacionales latentes. El Estado que había gobernado por control empezó a gobernar por negociación, y en ese cambio perdió la capacidad de fijar límites.
El contexto internacional hizo el resto. En 1989, el bloque socialista de Europa del Este se resquebrajó a gran velocidad. La caída del Muro de Berlín se convirtió en el símbolo de un ciclo que se agotaba. Para Moscú, mantener su esfera de influencia se volvió inviable sin recurrir a una coerción que ya no podía permitirse.
El año 1991 concentró el desenlace. El intento de golpe de Estado de agosto —una operación para frenar las reformas y evitar la desintegración— fracasó, pero dejó un efecto inmediato: debilitó aún más al centro soviético y aceleró la pérdida de confianza en las instituciones. En ese vacío, la figura de Borís Yeltsin, al frente de la Rusia soviética, ganó protagonismo político.

Pocos meses después, la ruptura se selló con acuerdos que hicieron oficial lo que ya era un hecho político:
El resultado fue un mapa nuevo: 15 Estados independientes surgieron del marco soviético, cada uno con su propia transición política, económica y social. La ruptura resolvió una era, pero abrió otra llena de incógnitas.
En los años posteriores, en parte de Occidente se instaló la idea de que el modelo liberal-democrático había ganado de forma definitiva. La década de 1990 estuvo marcada por una expansión de mercados, tratados y empresas globales; también por la convicción de que la interdependencia económica reduciría los conflictos.
Tres décadas después, esa lectura se ve más matizada. La disolución soviética sí facilitó la ampliación de la Unión Europea y el rediseño de la seguridad europea, pero también dejó tensiones sin cerrar en el espacio postsoviético. La transición económica fue, en muchos casos, abrupta: privatizaciones, crisis, desigualdad y la aparición de élites económicas con enorme poder. Y Rusia, lejos de diluirse, buscó reconstruir influencia en su entorno, alimentando fricciones estratégicas que han marcado la política internacional del siglo XXI.

Además, el eje del poder mundial empezó a desplazarse. Si en la Guerra Fría la fuerza se medía en arsenales y fronteras, en las décadas siguientes se sumaron factores que hoy son centrales: tecnología, datos, capacidad industrial, energía, control de semiconductores y dominio de plataformas digitales. El mundo que emergió tras 1991 no se volvió “más simple”; cambió de complejidad.
El final de la URSS coincidió con el inicio de un salto tecnológico que reordenaría economías y sociedades: internet, la informática personal masiva, la digitalización del comercio y, más adelante, la economía de plataformas. Esa transformación redefinió el concepto de potencia: el liderazgo pasó a depender de ecosistemas de innovación, talento, capital y cadenas de suministro globales.
La historia soviética quedó así como una lección doble. Por un lado, mostró que un Estado puede ser gigantesco y, aun así, frágil si su economía no se adapta y si su legitimidad se erosiona. Por otro, evidenció que la caída de un bloque no elimina la competencia global: la reubica en nuevos frentes.
Treinta y cuatro años después, el 26 de diciembre de 1991 sigue siendo una fecha que explica, en silencio, muchas de las tensiones actuales: fronteras discutidas, equilibrios de seguridad, dependencia energética y la pregunta que vuelve una y otra vez a la política internacional: qué ocurre cuando un sistema deja de poder sostenerse con sus propias reglas.
El 25 de diciembre dimitió Gorbachov, pero el 26 de diciembre se certificó la disolución legal de la URSS por el Soviet Supremo.
Fue el marco propuesto por varias repúblicas exsoviéticas en diciembre de 1991 para coordinarse tras la disolución, sin mantener la estructura del Estado soviético.
Más allá de la crisis en Moscú, el impulso soberanista e independentista de varias repúblicas fue decisivo para dejar sin base política real a la unión.
Que el poder militar y territorial no compensa un sistema económico estancado y una legitimidad política en retroceso, especialmente cuando se abren grietas internas y nacionales.
Fuente: Dominio Mundial
