El verano de 2002 representó un punto de inflexión en la percepción del conflicto global, un tiempo marcado por las melodías de «Aserejé» y una aparente estabilidad, aunque el trasfondo de la historia ya presagiaba cambios drásticos con el inminente estallido de la guerra en Irak. En ese contexto, millones de personas se manifestaron en diversas ciudades de España, rechazando la idea de un conflicto que prometía ser largo y ha tenido repercusiones difíciles de prever. A pesar del eco de las Torres Gemelas como una herida todavía abierta, la sensación de incertidumbre se mezclaba con la esperanza de un futuro más pacífico, en un mundo donde el terrorismo había alterado las certezas, pero no las había desmantelado del todo.
Más de dos décadas después, el clamor de «No a la guerra» resuena de nuevo, pero ahora con un matiz de desilusión y una mayor conciencia de las complejidades geopolíticas. La imagen del conflicto ha evolucionado: ya no se cuestiona la existencia de armas ocultas, sino las posibles dimensiones regionales y globales de las tensiones actuales, así como sus efectos sobre la economía y la seguridad. El euro, que prometía prosperidad, se ha visto eclipsado por crisis encadenadas y una inflación desafiante, mientras que la guerra ha pasado de ser una tragedia ocasional a una constante preocupante, reflejando la fragmentación de la indignación a través de plataformas digitales que amplifican la angustia colectiva.
Leer noticia completa en 20minutos.
