

La vergüenza es una emoción que hace su aparición temprana en la vida de niñas, niños y adolescentes, dejando marcas profundas en su subjetividad. Su presencia en la infancia no siempre es reconocida, pero su impacto puede ser duradero, afectando la forma en que los pequeños se perciben y se relacionan con el mundo. Desde una perspectiva clínica, comprender este afecto implica revisar no solo sus manifestaciones, sino también los contextos sociales y culturales que la configuran y alimentan.
El libro “Morirse de vergüenza” de Boris Cyrulnik fue una de las primeras lecturas que profundizó en la trascendencia de esta emoción. La autora Sonia Almada remarca cómo, en la práctica clínica, la vergüenza aparece en relatos que van desde la inhibición hasta conductas de huida o confrontación, y que muchas veces la ausencia de ella también resulta un dato diagnóstico que revela heridas invisibles. Esta emoción comienza en la infancia, en ese proceso en el que la subjetividad se construye desde la mirada del otro. Cuando un niño intuye o sabe que ha sido juzgado, corregido o ridiculizado en público, ese momento puede marcarlo de por vida.
Sentir vergüenza es algo distinto del miedo o la bronca. Es un afecto íntimo, que no funciona como una amenaza externa, sino como un reproche interno que encoge el cuerpo, baja la mirada y sentencia con el rostro enrojecido: “sí, fui yo”. La definición que ofrece Sigmund Freud en su “Manuscrito K” —“me hago un reproche por causa de un suceso, temo que otros estén al tanto, por eso me avergüenzo ante otros”— explica cómo esa sensación puede ser desencadenada por hechos reales o imaginados, por percepciones que el niño construye en su cabeza, como pensar que alguien está pensando mal de él, aunque no sea cierto.
Este sentimiento también se inscribe en experiencias concretas. Un caso que relata Almada es el de un joven de gran estatura que evita las fiestas sociales por temor a ser objeto de burlas por su tamaño. La escena se repite en muchas formas: un papel mal producido, una mirada enojada, una palabra en tono de corrección. La vergüenza se vuelve entonces una sensación recurrente que, aunque no siempre se verbalice, queda fija en la memoria emocional. La escena del niño caminando con bolsas pesadas por la calle, intentando esconder su vulnerabilidad ante una cámara que lo exhibe en las redes sociales, evidencia cómo la exposición puede convertirse en una forma moderna de humillación. La brutalidad del acto social y digital combina para transformar la vergüenza en una experiencia pública, humillante y, muchas veces, indeleble.
Detrás de estas experiencias se encuentra la respuesta física: la activación del sistema nervioso autónomo provoca rubor, sensación de vértigo y un instintivo deseo de desaparecer. La vergüenza no funciona como el miedo, que alerta y protege; en su lugar, produce un repliegue, un intento de esconderse de esa mirada que juzga y reduce. La exposición, la ridiculización o la comparación son movimientos que aumentan esa sensación, y que dejan marcas en la subjetividad, marcando límites en la libertad de ser y de hablar sin miedo.
No toda vergüenza es dañina ni evitable. Es parte del proceso de desarrollo humano que implica aprender a relacionarse con la mirada del otro y aceptar las propias fragilidades. Pero lo que puede tornarse dañino es la utilización de la vergüenza como herramienta disciplinaria o humillante. Exponer públicamente, ridiculizar o marcar a un niño no solo no enseña a pensar ni a asumir responsabilidades, sino que produce una herida que puede durar toda la vida, afectando la autoestima y las formas de relacionarse con los demás.
En muchos casos, la vergüenza no es solo individual, sino también social. La pobreza, la discriminación, la humillación cotidiana —como no tener útiles o no celebrar cumpleaños— generan un contexto en el que las infancias sienten que no merecen derechos ni reconocimiento. La exposición pública de la vulnerabilidad, en realidad, revela una violencia social que las invisibiliza y que, en sus efectos, puede organizar posiciones subjetivas marcadas por la vergüenza a lo largo del tiempo.
La responsabilidad adulta, entonces, es fundamental para sostener y acompañar esos momentos en los que un niño o niña experimentan vergüenza. Se trata de ayudar a poner en palabras esa emoción, para que no quede adherida a su identidad, ni cristalice en una marca silenciosa que organice su modo de ser en el mundo. La tarea no es aplicar técnicas mágicas: consiste en escuchar, validar y acompañar, entendiendo que la vergüenza forma parte de la condición humana y que, reconocida y gestionada con cuidado, puede transitirse sin dejar heridas profundas.
Sostener la vergüenza implica también que los adultos trabajen con su propia experiencia emocional. Aprender a aceptar esa emoción, que a menudo se rechaza en una cultura que celebra solo las emociones positivas, permite ofrecer a los niños un ejemplo de gestión emocional que los proteja del daño de la exposición humillante. La clave está en entender que, más allá de la incomodidad, la vergüenza puede ser una oportunidad para fortalecer la relación con uno mismo y con el otro, siempre que se la transitaje con respeto y empatía.
