La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de noviembre de 2025, firmada bajo la presidencia de Donald Trump, es algo más que un documento técnico de política exterior. Para muchos analistas, supone un giro de época: reordena las prioridades globales de Washington, rebaja a Europa en la jerarquía estratégica y lanza un mensaje político muy duro contra el proyecto de integración europeo tal y como se ha construido en las últimas décadas.
No es un panfleto partidista. Es el texto que, en la práctica, marca la brújula de la diplomacia, la defensa y la economía exterior estadounidenses para los próximos años. Y, leído con calma, contiene un diagnóstico sobre Europa que en Bruselas, Berlín, París o Madrid difícilmente puede dejar indiferente a nadie.
Qué es este documento y por qué importa
La Estrategia de Seguridad Nacional es el gran marco de referencia que cada administración estadounidense está obligada a actualizar periódicamente. Define qué quiere conseguir Estados Unidos en el mundo, con qué medios y en qué orden de prioridades.
La versión de noviembre de 2025, atribuida a la administración Trump, combina el lema “America First” con una visión muy crítica del orden internacional surgido tras la Guerra Fría. El texto insiste en que EE. UU. debe:
- recentrar sus esfuerzos en el Hemisferio Occidental,
- contener a China más en el terreno económico que en el militar,
- reducir la centralidad de Oriente Medio,
- y, sobre todo, dejar de asumir Europa como “proyecto protegido” al que sostener casi incondicionalmente.
En ese esquema, el viejo vínculo transatlántico sigue existiendo, pero deja de ser el eje indiscutible de la estrategia estadounidense.
Europa: de socio en apuros a continente “en riesgo de borrado”
Uno de los capítulos más llamativos del documento lleva por título “Promoting European Greatness” (Promover la grandeza europea). El encabezado podría sugerir una defensa entusiasta del Viejo Continente. Pero el contenido va en la dirección contraria: describe una Europa en declive económico y, sobre todo, en crisis de identidad.
El texto recuerda que la Europa continental ha pasado de representar en torno al 25 % del PIB mundial en 1990 a alrededor del 14 % en la actualidad, y atribuye parte de esa caída a un exceso de regulaciones nacionales y supranacionales que, a juicio de Washington, desincentivan la creatividad, la inversión y el esfuerzo.
Sin embargo, la crítica más dura no es económica, sino cultural y política. El documento habla abiertamente del riesgo de un “borrado civilizacional” en Europa y enumera, como factores de fondo:
- el papel de la Unión Europea y otras estructuras transnacionales, a las que acusa de socavar la soberanía y la libertad política de los Estados miembros;
- las políticas migratorias, que, según el texto, estarían transformando la composición demográfica del continente a una velocidad que amenaza su identidad histórica;
- la limitación de la libertad de expresión y la “represión de la oposición política” en determinados países;
- el desplome de las tasas de natalidad;
- y la “pérdida de identidades nacionales y de autoconfianza”.
El resultado, según esta lectura, es que, si las tendencias continúan, el continente podría ser “irreconocible en 20 años o menos”. La frase, aunque discutible, refleja el tono de alarma ideológica que impregna el capítulo europeo.
Objetivo declarado: “corregir la trayectoria de Europa”
A pesar de este diagnóstico tan severo, la Estrategia no da por perdida a Europa. De hecho, insiste en que Estados Unidos “no puede permitirse escribir Europa fuera del guion”, porque sigue siendo clave por su capital humano, su capacidad científica y su peso cultural.
El documento fija un objetivo explícito: “ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual”. ¿Qué significa eso en la práctica?
Entre las líneas de acción que sugiere, se pueden destacar varias:
- Reforzar a los “aliados políticos” que defienden identidades nacionales fuertes
La Estrategia afirma que el crecimiento de partidos “patrióticos” en varios países europeos es motivo “de gran optimismo” y anima a apoyar un “renacimiento del espíritu” en las naciones europeas. Es decir, ve con buenos ojos la consolidación de fuerzas euroescépticas o críticas con el rumbo actual de la UE. - Replantear el papel de la OTAN
El texto señala como objetivo “poner fin a la percepción, y prevenir la realidad, de una OTAN en expansión perpetua”. Es un mensaje directo a quienes defendían mantener abiertas las puertas de la Alianza a Ucrania, Georgia u otros países del entorno ruso. La prioridad deja de ser la ampliación y pasa a ser la estabilización. - “Europeizar” la defensa de Europa
La Estrategia plantea que los socios europeos deben asumir una mayor carga en su propia defensa, tanto en gasto como en capacidades. Washington deja caer que su papel de paraguas ilimitado tiene fecha de caducidad, y que no está dispuesto a financiar indefinidamente la seguridad europea mientras percibe desventajas en lo económico. - Pedir a Europa que combata prácticas económicas hostiles
El documento menciona la necesidad de que Europa se tome más en serio la lucha contra el sobrecapacidad mercantilista, el robo tecnológico y el ciberespionaje, en clara alusión a China, pero también a otros actores. La idea de fondo: si la UE quiere seguir siendo socio preferente de EE. UU., debe alinearse más claramente con su agenda de “competencia estratégica”.
Un mapa del mundo donde Europa ya no es el centro
Para entender el alcance de este giro, hay que situar el capítulo europeo dentro del conjunto del documento. En otros apartados, la Estrategia:
- da prioridad al Hemisferio Occidental, con una especie de “Doctrina Monroe 2.0” centrada en frenar la influencia de potencias extrahemisféricas y controlar fenómenos como la migración irregular o las redes criminales;
- apuesta por una relación con China basada en la defensa de los intereses económicos estadounidenses y la reducción de dependencias, pero sin dramatizar una “nueva Guerra Fría” permanente;
- relega a Oriente Medio a un plano menos central, subrayando que ya no es el epicentro de la política exterior estadounidense gracias a la diversificación energética;
- y plantea una relación más selectiva con África, enfocada en comercio e inversión, dejando atrás el enfoque exclusivo de ayuda y promoción de determinados modelos políticos.
Europa, en ese mapa, aparece como una región importante pero ya no prioritaria. Estados Unidos quiere que siga siendo un bloque fuerte y alineado con Occidente, pero no está dispuesto a asumir los costes de sostener un proyecto europeo que percibe como económicamente rígido y políticamente alejado de su visión.
¿Es realmente un “torpedo” contra la Unión Europea?
La expresión de “torpedo” circula porque, por primera vez en un documento de este nivel, la arquitectura institucional de la Unión Europea aparece casi como parte del problema más que como parte de la solución.
Para la UE, los riesgos son evidentes:
- Riesgo político: normaliza que Washington vea con simpatía a fuerzas políticas que cuestionan el modelo actual de integración. Eso puede tensar aún más el equilibrio entre gobiernos nacionales y Bruselas.
- Riesgo estratégico: si EE. UU. se distancia como garante de seguridad, Europa se ve obligada a acelerar una defensa propia que lleva años debatiendo y retrasando.
- Riesgo económico: la crítica a la regulación europea y a sus políticas climáticas o sociales anticipa posibles choques comerciales y regulatorios más duros en ámbitos como la energía, el clima, los datos, la tecnología o la industria.
Sin embargo, eso no significa que la UE esté condenada a hundirse. Más bien, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 coloca a Europa ante una encrucijada:
- puede reagruparse, reforzar su autonomía estratégica, revisar sus políticas más impugnadas y buscar un nuevo equilibrio con EE. UU.,
- o puede fragmentarse aún más, con cada país tratando de negociar por su cuenta, alimentando la sensación de debilidad y dando la razón, de facto, al diagnóstico norteamericano.
¿Y ahora qué? Lo que está en juego para los europeos
El documento no implica decisiones automáticas. No es un tratado ni una ley, pero sí marca el tono con el que la administración Trump se acercará a la UE en los próximos años.
Para los europeos, las preguntas clave son varias:
- ¿Tomarán en serio el aviso sobre defensa? Los debates sobre una verdadera política de defensa europea llevan años sobre la mesa. Ahora, la presión ya no solo viene de las amenazas externas, sino del aliado que siempre había hecho de muro de contención.
- ¿Se abrirá una revisión de las políticas migratorias y demográficas? Aquí la discusión es extremadamente sensible, pero la Estrategia pone el tema en el centro del tablero, con palabras muy duras.
- ¿Habrá un replanteamiento del modelo económico y regulatorio? Más allá de afinidades ideológicas, el dato sobre la pérdida de peso económico de Europa es difícil de ignorar. La discusión sobre competitividad, innovación y carga regulatoria va a intensificarse.
- ¿Cómo afectará esto a la política interna de cada país? El guiño explícito a partidos “patrióticos” abre la puerta a que la política europea se convierta aún más en terreno de batalla entre modelos de sociedad muy distintos.
Lo que sí parece claro es que, tras la publicación de esta Estrategia, la relación transatlántica entra en una fase nueva: menos sentimental, más transaccional y con una Europa que ya no puede permitirse dar por sentado el respaldo de Washington.
Quien quiera profundizar en el contenido y el tono exacto del texto puede leer el documento completo en el PDF de la National Security Strategy of the United States of America, November 2025 que acompaña esta información.