
La forma en que dormimos hoy en día es radicalmente diferente a la de nuestros antepasados, quienes, en la Edad Media y el Imperio Romano, dividían la noche en dos segmentos. Este patrón de sueño consistía en un primer sueño seguido de un período de vigilia, antes de regresar al descanso hasta el amanecer. Según investigaciones recientes, registros históricos documentan que las familias se acostaban temprano y despertaban alrededor de la medianoche para realizar diversas actividades, como cuidar el hogar o compartir momentos de intimidad, antes de volver a dormir.
Con la llegada de la iluminación artificial en los siglos XVIII y XIX, este antiguo hábito fue erosionándose. La luz eléctrica transformó la noche en un momento más productivo, lo que llevó a las personas a mantenerse despiertas por más tiempo y, eventualmente, adoptaron la práctica de dormir un bloque ininterrumpido de ocho horas. A pesar de este cambio cultural, el profesor Darren Rhodes señala que los despertares breves durante la noche son normales y pueden ser gestionados con técnicas de terapia cognitivo-conductual. Expertos sugieren que, al despertarse, es mejor levantarse y desempeñar una actividad tranquila hasta sentirse somnoliento, recomendando también dejar de medir el tiempo para facilitar el regreso al sueño.
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