A finales del siglo XIX, las manadas de bisontes americanos cruzaban las llanuras del norte de América en cantidades asombrosas, pero fueron casi exterminadas en pocas décadas. Hoy en día, aunque la población total de bisontes en Estados Unidos y el sur de Canadá asciende a 400,000, la mayoría vive en ranchos privados y están considerados como funcionalmente extintos por los biólogos. Solo una manada de 3,500 bisontes en Yellowstone conserva la libertad para migrar y mantener su papel como arquitectos del ecosistema. Un reciente estudio publicado en la revista «Science» demuestra que estas manadas contribuyen significativamente al mantenimiento de las praderas, promoviendo un ciclo de nutrientes que duplica la productividad de los suelos. Este ciclo demuestra que el pastoreo natural de los bisontes es más eficaz y menos destructivo que el de los animales domesticados.
En un paralelo ambiental, el elefante de bosque africano en Camerún también enfrenta una dramática disminución debido a la caza furtiva. Estos paquidermos son esenciales para la dispersión de semillas, como las del árbol de ébano, cuya madera es altamente valorada. Un estudio en la selva africana comprobó que donde los elefantes han sido exterminados, los árboles jóvenes de ébano han disminuido significativamente y presentan menor diversidad genética, ya que estos animales no solo dispersan las semillas, sino que las protegen del ataque de roedores. La desaparición de los elefantes podría llevar a un colapso en la regeneración de estos árboles, afectando no solo al ecosistema, sino también a cualquier iniciativa futura para recuperar la población de elefantes. Ambos casos ilustran cómo la supervivencia de ciertas especies es crucial para el equilibrio ambiental y resalta la necesidad urgente de espacios que permitan a estas especies cumplir su rol natural.
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