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Recomendaciones diarias de ingesta calórica según la edad en temporadas de calor extremo y verano

Las alertas sanitarias se vuelven

Durante una calurosa jornada de verano, cuando las temperaturas superan los 40°C y el asfalto arde bajo el sol, surge una inquietud que va más allá del simple incógnito de la ola de calor: ¿debemos cambiar nuestra forma de alimentarnos? La multiplicación de alertas sanitarias durante estas olas extremas genera dudas en muchas familias y personas que buscan mantenerse saludables en medio de condiciones que parecen exigir un cambio en sus hábitos habituales.

Desde hace tiempo, los expertos coinciden en que, aunque el clima caliente puede ser un desafío para muchas funciones del cuerpo, no necesariamente implica que las necesidades calóricas aumenten en estas circunstancias. La nutricionista Ana Cascú explica que, durante los meses de calor extremo, las necesidades energéticas permanecen constantes. Es decir, el cuerpo no requiere consumir más calorías simplemente por la temperatura, sino que lo importante radica en cómo se alimenta y en cómo se mantiene hidratado.

De acuerdo con el Instituto de Ciencias de la Salud y la Actividad Física, las necesidades calóricas diarias en niños, adolescentes y adultos no varían significativamente durante todo el año, incluso en periodos de calor extremo. En niños de 2 a 6 años, por ejemplo, el requerimiento oscila entre 1.000 y 1.800 kilocalorías diarias, dependiendo del nivel de actividad física. En adolescentes y adultos, estos valores se ajustan según la edad, el sexo y la intensidad de la actividad, sin que la temperatura ambiente tenga un impacto relevante.

En ese escenario, las recomendaciones nutricionales se centran más en la calidad y la distribución de los alimentos, así como en la hidratación. La Organización Mundial de la Salud insiste en que la ingesta de grasas no debe superar el 30% del consumo total de energía, que los azúcares libres se limiten a menos del 10% del calor total —idealmente al 5% para beneficios adicionales— y que la sal no supere los 5 gramos diarios. La incorporación de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales en las comidas ayuda a mantener un equilibrio saludable, reforzando el sistema inmunológico y previniendo complicaciones derivadas de una alimentación inadecuada.

El foco, según Cascú, no debería estar tanto en comer más o menos, sino en qué se come y cómo se hidrata el cuerpo. La hidratación en épocas de calor se vuelve fundamental, especialmente en grupos vulnerables como los niños pequeños y las personas mayores, quienes suelen sentir menos sed o la perciben de manera diferente. La recomendación clave es no esperar a tener sed para beber agua; mantener un consumo constante de líquidos ayuda a evitar la deshidratación.

El agua debe ser la protagonista, complementada con infusiones frías, caldos ligeros y frutas y verduras ricas en contenido acuoso. En casos de actividad física intensa o exposición prolongada al sol, puede ser necesario reponer electrolitos como sodio y otros minerales, ya que el consumo excesivo de agua sin estos electrolitos puede ser insuficiente para mantener el equilibrio corporal.

Por otro lado, se desaconsejan las bebidas alcohólicas y azucaradas, ya que estas pueden aumentar el riesgo de deshidratación y golpes de calor. La alimentación en días de calor intenso debe ser ligera, priorizando preparaciones frías o a temperatura ambiente, como ensaladas, proteínas magras, y frutas frescas. Las comidas fraccionadas a lo largo del día resultan más favorables que los platos copiosos, ayudando a mantener la digestión y reducir la sensación de malestar térmico.

Este cambio en las pautas alimentarias no implica adoptar una “dieta de verano”, sino adaptar los hábitos a las condiciones climáticas y fisiológicas. La clave está en mantener un equilibrio energético adecuado, evitando tanto el exceso como la restricción calórica, y asegurando una ingesta suficiente de líquidos y nutrientes. La recomendación de especialistas en salud indica que en mayores de 60 años, en particular, se debe poner énfasis en proteger las reservas de proteínas y micronutrientes, así como en mantener una hidratación adecuada para reducir riesgos asociados a la deshidratación.

En definitiva, el calor extremo no se traduce en comer menos. Más bien, invita a hacer elecciones más inteligentes y vigilar la hidratación. La nutrición adecuada, combinada con un buen consumo de líquidos, puede convertir un día con temperaturas extremas en una jornada mucho más llevadera, cuidando la salud y fortaleciendo el cuerpo frente a las condiciones adversas del verano.

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