

El poto (Epipremnum aureum) es una de las plantas de interior más resistentes que existen, pero su aguante tiene límites. Cuando las hojas empiezan a amarillear, la planta está avisando de que algo falla: el riego, la luz, las plagas o la nutrición. Identificar la causa concreta es el primer paso para revertir el proceso.
Tanto el exceso como la escasez de agua producen el mismo síntoma visible: hojas que se vuelven amarillas. Con riego excesivo, las raíces se pudren y dejan de absorber nutrientes. Con falta de agua, la planta acusa el estrés hídrico y lo traslada a las hojas.
La pauta más sencilla: regar solo cuando los dos o tres centímetros superficiales del sustrato estén secos al tacto. En verano puede ser cada cinco o seis días; en invierno, cada diez o más.
El poto tolera la penumbra, pero en espacios muy oscuros sus hojas se debilitan y amarillean con el tiempo. La posición ideal es junto a una ventana con luz natural tamizada, sin exposición directa al sol que quema y mancha las hojas.
Si la planta lleva meses en un rincón sin ventanas, trasladarla a un lugar más luminoso suele bastar para que recupere el verde en pocas semanas. En nuestro artículo sobre cómo mantener las hojas del poto grandes y brillantes encontrarás más consejos sobre la especie.
Ácaros y pulgones se alimentan de la savia y provocan daños visibles, entre ellos el amarillamiento de las hojas. Los ácaros suelen dejar una tela fina bajo las hojas; los pulgones se acumulan en los brotes tiernos.
El tratamiento más habitual es pulverizar con jabón potásico diluido en agua, repitiendo cada cinco días durante dos semanas. En infestaciones más fuertes se puede recurrir al aceite de neem, menos agresivo que los insecticidas convencionales.
Un sustrato agotado o un tiesto que lleva años sin abono deja a la planta sin nitrógeno y otros minerales. El resultado es un verde cada vez más pálido que termina en amarillo. Fertilizar una vez al mes entre primavera y verano, con un abono equilibrado para plantas de interior, suele corregir el problema en cuatro a seis semanas.
Si la terraza o el jardín también necesitan atención antes del calor, puedes consultar los consejos para preparar terrazas y jardines de cara al verano.
No. Una vez que una hoja amarilla por causas fisiológicas no recupera el color verde. Lo que mejora con el tratamiento adecuado son las hojas nuevas que brotan.
Si las raíces no han sufrido pudrición grave, ajustar el riego y dejar secar el sustrato suele estabilizar la planta en dos o tres semanas. Con pudrición avanzada puede ser necesario trasplantar, retirar las raíces dañadas y comenzar de nuevo.
Una vez al mes entre marzo y septiembre es suficiente para la mayoría de ejemplares en maceta. En otoño e invierno la planta reduce su actividad y no necesita abono.
Aguanta algunos meses, pero acaba debilitándose. Si no hay luz natural conviene sacarlo a un espacio luminoso durante unas horas cada dos o tres días, o recurrir a una lámpara de crecimiento de baja potencia.
