La confusión en torno al cambio de hora semestral persiste entre la población, a pesar de que lleva aplicándose durante décadas. Esta práctica, que busca aprovechar mejor la luz solar y ahorrar energía, genera dudas recurrentes, especialmente en marzo, cuando los relojes se adelantan para dar inicio al horario de verano. La principal incógnita cada año es si se gana o se pierde una hora de sueño, lo que suele dar lugar a errores en la rutina de muchas personas que, al no tener claro el efecto del cambio, pueden llegar tarde o mal descansados a sus compromisos.
Diversas encuestas han demostrado que una parte significativa de la población no recuerda con precisión el procedimiento de los ajustes horarios. Esta confusión es comprensible, dado que el cambio puede parecer arbitrario y su impacto en el descanso es considerable. Científicos y expertos en salud han manifestado preocupaciones respecto a las alteraciones en los ritmos circadianos que estos cambios implican, aunque también reconocen los beneficios económicos y de ahorro energético que conlleva. A medida que el debate sobre la eficacia de esta medida se reaviva, surgen voces a favor de abolir el cambio de hora, argumentando que sus desventajas para el bienestar superan los posibles beneficios.
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