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Por qué el café, el dónut o la vivienda parecen subir mucho más que el IPC

Un café que hace veinte años costaba alrededor de un euro y que ahora puede superar ampliamente esa cantidad. Un dónut que se compraba por 0,35 euros y que hoy puede encontrarse por 2 euros o más. Y, sobre todo, una vivienda cuyo precio parece haberse alejado todavía más de los salarios. Son comparaciones que explican una pregunta recurrente entre los consumidores: ¿por qué el coste de la vida parece haber aumentado mucho más que el IPC?

Las claves de por qué el IPC no siempre coincide con el bolsillo en 30 segundos

  • El IPC no refleja los gastos de una persona concreta, sino la evolución de una amplia cesta de consumo representativa del conjunto de los hogares.
  • Alimentos y restauración pueden subir mucho más que otras categorías, de modo que un café o la compra semanal se encarecen por encima de la media.
  • El alquiler sí está incluido en el IPC, pero la compra de vivienda se mide por separado.
  • Las mejoras de calidad de algunos productos también se tienen en cuenta al comparar precios.
  • Por eso dos familias pueden soportar inflaciones personales muy diferentes aunque ambas vivan bajo el mismo IPC oficial.

El problema empieza cuando se interpreta el Índice de Precios de Consumo (IPC) como una especie de marcador universal del coste de la vida. No lo es. El Instituto Nacional de Estadística (INE) utiliza aproximadamente 200.000 precios mensuales para seguir la evolución de una cesta muy amplia de bienes y servicios consumidos por los hogares españoles.

Esa cesta incluye desde alimentación y electricidad hasta transporte, ropa, comunicaciones, ocio o restauración. Cada componente tiene un peso diferente según el gasto de los hogares.

Y ahí aparece la primera gran diferencia con la experiencia cotidiana: ninguna familia consume exactamente como la media estadística.

El café se paga cada día; el ordenador, cada varios años

Un ejemplo sencillo ayuda a entenderlo.

Una persona puede comprar un ordenador una vez cada cinco o seis años. En cambio, puede tomar un café fuera de casa prácticamente todos los días. También compra alimentos todas las semanas, paga mensualmente el alquiler y llena el depósito varias veces al mes.

Por eso determinados precios tienen mucha más presencia en la percepción de la inflación.

El propio INE muestra diferencias considerables entre categorías. Entre enero de 2020 y enero de 2026, por ejemplo, los alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron un 38,5 %, mientras restaurantes y servicios de alojamiento avanzaron un 28,4 %. Información y comunicaciones, por el contrario, registró una caída del 2,3 %.

Todo forma parte de la inflación, pero el consumidor probablemente recuerda mucho mejor cuánto pagó ayer por el desayuno que cuánto se ha abaratado proporcionalmente una tarifa de telecomunicaciones o cuánto más potente es su teléfono respecto al de hace diez años.

El café de bar o cafetería, además, sí está contemplado por el IPC. El INE incluye las consumiciones realizadas en establecimientos de restauración dentro de su clasificación de bienes y servicios.

Por tanto, cuando un café pasa de costar 0,80 euros a 1,50 o 2 euros, esa subida no desaparece de las estadísticas. Lo que ocurre es que se combina con la evolución de muchos otros precios.

Con el dónut sucede exactamente lo mismo.

Si un producto pasa de 0,35 a 2 euros, su incremento es del 471 %. Si alcanza 2,50 euros, la subida llega al 614 %. Pero ese producto concreto representa una parte diminuta del gasto total de los hogares y no puede utilizarse por sí mismo para determinar cuánto debería haber aumentado el IPC.

Además, para hacer una comparación rigurosa habría que comprobar que se trata del mismo producto, tamaño, establecimiento y modalidad de venta.

No existe una única inflación para todas las familias

Aquí está probablemente la explicación más importante.

Dos hogares españoles pueden experimentar inflaciones personales muy distintas.

Una familia que vive de alquiler, tiene dos hijos, utiliza el coche todos los días y dedica una gran parte de sus ingresos a alimentación puede notar con mucha intensidad una subida de comida, combustible y vivienda.

Otra familia con la vivienda pagada, sin hijos y que trabaja desde casa puede tener una estructura de gastos completamente diferente.

Sin embargo, cuando ambas leen que la inflación anual ha sido del 2 %, ven exactamente la misma cifra.

El IPC no dice que los precios de cada persona hayan aumentado un 2 %. Indica cómo ha evolucionado, en conjunto, una cesta representativa.

La diferencia se aprecia incluso en las ponderaciones. En 2026, alimentación y bebidas no alcohólicas representan aproximadamente el 17,4 % de la cesta del IPC. Restaurantes y alojamiento rondan el 17 %, mientras vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles suponen algo más del 12 %.

Un hogar puede dedicar porcentajes muy superiores a alguno de estos conceptos.

Y cuanto menor sea su renta disponible, más difícil resulta reducir determinados gastos básicos.

Se puede retrasar la compra de un ordenador. Es mucho más complicado dejar de comprar alimentos, pagar electricidad o disponer de una vivienda.

¿Y si un producto ahora es mucho mejor?

Hay otro elemento del IPC que suele provocar dudas: los cambios de calidad.

Comparar precios durante veinte años no siempre significa comparar productos idénticos.

Un teléfono móvil actual y otro de 2006 tienen poco en común. Lo mismo sucede con automóviles, televisores, ordenadores o electrodomésticos.

Si un ordenador cuesta un 20 % más pero ofrece mucha más memoria, almacenamiento y capacidad de procesamiento, una parte de esa diferencia puede corresponder a que se está comprando un producto mejor.

Los organismos estadísticos necesitan distinguir entre una subida pura de precios y un cambio de características o calidad.

El INE utiliza varios procedimientos para hacerlo, incluidos precios de solapamiento, información de expertos, imputaciones, comparación de características y, en determinados casos, modelos hedónicos.

Esto no significa que el organismo reste arbitrariamente el valor de una pantalla táctil o de un airbag al precio de cualquier automóvil.

La metodología es bastante más compleja y varía según el producto.

Pero para el consumidor existe un problema real que el IPC no pretende resolver: aunque el producto actual sea mucho mejor, quizá ya no exista una versión básica al precio que podía permitirse anteriormente.

Puede obtener más prestaciones y, al mismo tiempo, necesitar más dinero para comprarlo.

Ambas cosas pueden ser ciertas.

La vivienda explica buena parte del desencuentro

La vivienda es probablemente el punto donde más fácil resulta entender por qué el IPC y la sensación de pérdida de poder adquisitivo pueden separarse.

El alquiler sí forma parte del IPC. El INE recoge información sobre viviendas arrendadas para seguir la evolución de sus precios.

La compra de vivienda funciona de otra manera.

Una casa no se considera únicamente un bien de consumo. También es un activo que puede conservar valor, venderse o generar una rentabilidad. Por eso el precio de compra no entra directamente en el IPC convencional.

El INE dispone de otro indicador específico, el Índice de Precios de Vivienda (IPV), para seguir la evolución de las compraventas.

Desde el punto de vista estadístico tiene sentido separar ambos conceptos.

Desde el punto de vista de un joven que intenta comprar su primera casa, la distinción puede resultar bastante menos satisfactoria.

Si una vivienda que costaba 150.000 euros pasa a costar 250.000, la cantidad necesaria para la entrada también aumenta. Y si los salarios no crecen al mismo ritmo, acceder a ella resulta más difícil aunque ese incremento no aparezca directamente reflejado en el IPC.

Por eso hablar de «coste de la vida» únicamente a partir de la inflación puede dejar fuera una parte importante de la situación económica de los hogares.

El IPC tampoco mide si los salarios alcanzan

Hay además otra confusión habitual.

El IPC mide precios, no poder adquisitivo.

Para saber si una persona vive mejor o peor que hace veinte años hay que comparar también cómo han evolucionado sus ingresos.

Si los precios aumentan un 50 % y el salario de una persona crece un 20 %, esa persona pierde capacidad de compra. Si su salario aumenta un 80 %, ocurre lo contrario.

Por eso una fotografía más completa requiere observar conjuntamente inflación, salarios, renta disponible, alquileres, precios de vivienda y composición del gasto familiar.

También explica por qué el mismo dato oficial puede generar reacciones tan diferentes.

Quien tiene vivienda pagada y ha visto crecer sus ingresos puede considerar que la inflación acumulada representa razonablemente su experiencia. Quien destina la mitad de su sueldo al alquiler y buena parte del resto a comida, transporte y suministros puede sentir que el promedio nacional describe una realidad bastante alejada de la suya.

El IPC no está diseñado para decir cuál de esas dos personas tiene razón.

Está diseñado para medir la evolución media de los precios de consumo.

El café y el dónut de hace veinte años son, por tanto, ejemplos imperfectos pero muy ilustrativos. No demuestran que las estadísticas oficiales estén equivocadas. Demuestran que la inflación media y la inflación que soporta cada bolsillo pueden ser dos cifras bastante diferentes.

Preguntas frecuentes

¿El precio del café de un bar está incluido en el IPC?

Sí. El IPC contempla las consumiciones realizadas en bares, cafeterías y otros establecimientos de restauración. Su evolución se combina con la de muchos otros bienes y servicios para calcular el índice general.

¿Por qué la compra de vivienda no aparece directamente en el IPC?

Porque una vivienda en propiedad también se considera un activo y no únicamente un gasto de consumo. El INE mide su evolución mediante el Índice de Precios de Vivienda, mientras que el alquiler sí forma parte del IPC.

¿Puede una familia tener una inflación superior a la oficial?

Sí. Depende de cómo distribuya sus gastos. Un hogar que dedica más dinero que la media a categorías que se encarecen rápidamente puede experimentar una inflación personal claramente superior al IPC general.

¿Significa esto que el IPC está mal calculado?

No. Significa que responde a una pregunta diferente. El IPC mide la evolución de una cesta representativa del consumo agregado; no pretende reproducir exactamente el presupuesto ni el coste de vida de cada hogar.

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