
El mundo de la cardiología argentina se encuentra sustentado en décadas de investigación, avances tecnológicos y una pasión por entender el corazón, ese órgano fundamental que nos permite vivir. En un consultorio modesto de Almagro, en Buenos Aires, el doctor Marcelo Elizari, de 88 años, sigue presente, atendiendo pacientes y transmitiendo su conocimiento, una figura que refleja la historia y el impacto de un campo que ha prolongado la esperanza de vida de millones.
Su formación comenzó en 1961 en el Hospital Ramos Mejía, donde su encuentro con Mauricio Rosenbaum, un “electrofisiólogo revolucionario”, darle un rumbo que transformaría no solo su carrera sino la medicina argentina. La profunda colaboración que mantuvieron durante cuarenta años, poniendo en marcha investigaciones pioneras y publicando unos 300 trabajos en revistas internacionales, consolidó a Argentina en la escena mundial de la electrofisiología cardiaca. Juntos fundaron la Escuela Argentina de Electrocardiografía, que en la comunidad científica internacional dejó huella con conceptos como la trifascicularidad del sistema de conducción y el desarrollo de tratamientos clave.
Un recorrido por la historia revela cómo la cardiología en Argentina se ha convertido en un ejemplo de innovación. Desde la creación de las primeras unidades coronarias en la década de 1960, que cambiaron las tasas de mortalidad en infartos, hasta procesos como la implementación del bypass en los años 60, impulsado por René Favaloro desde Cleveland, la Argentina ha sido protagonista en avances mundiales. La invención y perfeccionamiento de los stents, con aportes argentinos como Julio Palmaz, marcaron un antes y un después, permitiendo resolver obstrucciones arteriales sin necesidad de cirugía mayor y con una significativamente mejorada esperanza de vida.
La tecnología no solo se limitó a los procedimientos invasivos. La farmacoterapia ha sido otra pieza clave. La amiodarona, extraída de una planta llamada ammi visnaga, revolucionó el tratamiento de arritmias mortales en los años 70, ofreciendo esperanza a quienes vivían con episodios peligrosos y riesgo de muerte súbita. Los dispositivos implantables, como los marcapasos y desfibriladores automáticos, han reducido dramáticamente las muertes por fallas eléctricas del corazón, un avance que en sus inicios parecía ciencia ficción y hoy es rutina en muchas unidades cardiológicas.
La lectura del electrocardiograma, herramienta insustituible para el diagnóstico, también fue perfeccionada por expertos argentinos. La comprensión de conceptos como la “trifascicularidad” y los hemibloqueos han cambiado la forma en que se interpretan las alteraciones eléctricas del corazón, permitiendo detectar con precisión las patologías que pueden derivar en muerte súbita, sobre todo en jóvenes. Incluyendo en esta tarea la investigación en genética, que ha permitido identificar síndrome de Brugada y otras canalopatías, revelando cómo alteraciones muy específicas en los canales iónicos pueden trastocar la vida.
Pero más allá de los avances tecnológicos y científicos, la historia del doctor Elizari recuerda que la cardiología argentina también ha sido un ejemplo de formación y compromiso. Sus investigaciones y publicaciones, muchas en inglés y en italiano, han sido leídas y respetadas en todo el mundo. La generación actual continúa sus enseñanzas en hospitales como el Ramos Mejía, donde la infraestructura y la calidad de la docencia siguen siendo de nivel internacional.
Hoy, desde su consultorio, Elizari explica con sencillez y orgullo cómo los tratamientos y conocimientos que ayudaron a prolongar vidas son resultado del esfuerzo de generaciones, tanto en tecnología como en compromiso humano. La prevención y los cambios en el estilo de vida —control del colesterol, presión arterial, diabetes y estrés— siguen siendo campañas esenciales que complementan todo lo científico y técnico. La historia de la cardiología en Argentina es, en definitiva, una historia de innovación, colaboración y esperanza para un país que, en ese órgano que late con fuerza, ha dejado una marca profunda en la ciencia y en la vida de sus habitantes.
