
Durante los últimos 15 años, la economía mundial ha escapado de una recesión generalizada, salvo el breve impacto de la pandemia, a pesar de las numerosas crisis enfrentadas desde 2020. El brote de COVID-19 fue seguido por la mayor inflación en cuatro décadas, una subida abrupta de tipos de interés, la invasión rusa a Ucrania que sacudió el mercado energético europeo y una guerra comercial global encabezada por Donald Trump. Sin embargo, el crecimiento económico global ha mantenido un ritmo estable del 3%, según el FMI, pese a las diferencias significativas como el crecimiento de Estados Unidos al 1,9% y la zona euro al 1%. Sorprendentemente, los mercados bursátiles han alcanzado cifras récord mientras el desempleo desciende a mínimos históricos en las economías desarrolladas.
Este escenario se ha visto reforzado por la adaptación de empresas e inversores al clima inestable, programas de estímulos gubernamentales y condiciones de liquidez favorables. No obstante, la economía de EE.UU. enfrenta desafíos internos como la concentración del crecimiento en el sector de la inteligencia artificial, con una inversión prevista de ocho billones de dólares sin garantías de retorno, lo cual genera temores de una burbuja potencialmente peligrosa. China, por su parte, lidia con la disminución de exportaciones, mientras Europa observa con cautela los problemas en Francia y el éxito del plan alemán de reactivación industrial. La situación geopolítica incierta y el temor de una intervención política en instituciones como la Reserva Federal de EE.UU. suman preocupación a una perspectiva económica que podría cambiar rápidamente de curso ante cualquier nuevo «shock» externo.
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