

En un esfuerzo por desentrañar las disparidades en los resultados clínicos del ictus entre la población general y aquellos con trastornos psiquiátricos, un estudio recientemente publicado en el Journal of Psychosomatic Research arroja luz sobre una preocupante tendencia: la mortalidad por ictus sigue siendo significativamente más alta en pacientes con trastornos mentales, a pesar de los avances médicos de las últimas dos décadas.
El estudio se centra en dos objetivos fundamentales. En primer lugar, analiza la mortalidad hospitalaria por ictus entre 2019 y 2023 en pacientes con diagnósticos como depresión, ansiedad, esquizofrenia, trastorno bipolar o trastornos de la personalidad, comparándolos con aquellos sin estas condiciones. En segundo lugar, estudia la evolución de la mortalidad por ictus en estos pacientes, examinando los periodos de 2005-2009 y 2019-2023, utilizando datos del Conjunto Mínimo Básico de Datos del Ministerio de Sanidad de España.
Los investigadores han analizado un total de 311.528 ingresos por ictus registrados entre 2019 y 2023, encontrando una mortalidad global del 14,4%. El análisis pone de relieve que la mortalidad por ictus isquémico es notablemente mayor en pacientes con esquizofrenia, trastorno bipolar y trastornos de la personalidad. En cuanto al ictus hemorrágico, los pacientes con esquizofrenia enfrentan también tasas de mortalidad más altas.
Lo que resulta más inquietante es el hecho de que, aunque la población general ha visto una reducción significativa en la mortalidad por ictus isquémico y hemorrágico entre los periodos estudiados, esta mejora no se ha observado en los pacientes con trastornos psiquiátricos. No se halló una disminución significativa en la mortalidad por ictus isquémico ni en el ictus hemorrágico para personas con depresión, esquizofrenia o trastorno bipolar.
Este estudio sugiere varias razones que podrían explicar estas diferencias alarmantes. Entre ellas se encuentran un peor estado de salud previo al ingreso hospitalario, un acceso más limitado a la atención sanitaria para los pacientes con trastornos mentales y el posible impacto adverso de algunos tratamientos farmacológicos psiquiátricos. Además, se postulan posibles mecanismos neurobiológicos, como alteraciones en el eje hipotálamo‑hipófisis‑suprarrenal, disfunciones inmunológicas o modificaciones en los sistemas serotoninérgico y dopaminérgico, que podrían contribuir a la mayor mortalidad por ictus en esta población.
Los autores del estudio hacen un llamado urgente para que se preste una atención específica y equitativa a las personas con trastornos de salud mental. Reducir las desigualdades en los resultados clínicos del ictus es crucial, no solo por justicia social, sino también por la necesidad de garantizar una atención sanitaria integral y efectiva para todos los sectores de la población.
