La figura que alguna vez se consideró un activo valioso en la escena política de Estados Unidos se enfrenta ahora a crecientes desafíos y tensiones dentro de su propio partido y administración. Los choques internos con el gabinete han evidenciado una falta de consenso y unidad, debilitando la cohesión esencial para enfrentar las problemáticas que actualmente viven. Además, el movimiento MAGA, que en el pasado fue un pilar de apoyo sólido, ahora manifiesta recelos sobre el rumbo que está tomando el liderazgo, sumando presión a una estructura ya de por sí fracturada. En este contexto, la reciente derrota en las elecciones judiciales de Wisconsin se suma a la lista de contratiempos, señalando una posible caída en el capital político y la influencia de la administración actual.
Estos factores han generado un clima de inquietud dentro del Partido Republicano, que observa con preocupación la creciente polarización y el impacto negativo que esto podría tener en futuras campañas electorales. El temor es palpable: el legado de la gestión podría verse empañado, y las posibilidades de mantener o aumentar su presencia en las posiciones clave del gobierno se ven comprometidas. Las divisiones internas y la dilución de su base de apoyo sugieren que, una vez visto como un baluarte único, el liderazgo enfrenta el reto de demostrar su capacidad de adaptación y reinvención para recuperar la confianza tanto de su partido como del electorado general antes de los próximos retos electorales.
Leer noticia completa en El Mundo.